Voces
Entre brumas del persistente dolor de cabeza instalado (empiezo a pensar que es de fumar a lo bestia) escucho en la radio cosas inconexas, moviendo el dial hasta que suena una voz de hombre, grave, algo tosca, de viejo rústico hablando de algo que sabe hacer bien, con sencillez.
No oigo lo que dice, me dejo mecer por esos armónicos, ese tono pastoso y muelle hasta que me adormezco.
Cuando despierto me sorprendo soñando con un viejo que vivía en mi pueblo. Asociación de timbres, supongo.
Ir de Arcachon a Palencia, cosa que casi todos los años hacía mi familia, y de la que yo intentaba escaquearme con enfermedades imaginarias, suponía tener que hacer tres o cuatro noches en el camino.
Ir de Bilbao a Cabezón de la Sal suponía sólo una parada, generalmente en Laredo, para comer, y varias horas de viaje por unas carreteras además de complicadas peligrosas.
Esas vidas de trashumancia a las que los hijos del coche nos acostumbramos, nos han hecho creer que el viajar es una cosa común, normal e incluso necesaria para todo el mundo.
En los tiempos en que yo era metida a la fuerza entre maletas, bultos, cesta del gato y peleaba con el perro por el sitio junto a la ventana, un viaje significaba para muchas familias el caos más absoluto. Y para la mayoría algo impensable.
El otro día me contaba un coralista que su madre nunca había salido más de 60Km de su pueblo. Sólo para ir a Santander al médico.
A mi me hubiera gustado eso. No salir nunca, vivir siempre en la misma casa, con los mismos ruidos, el mismo crujido en el escalón, el mismo relente en el pasillo, los olores de siempre.
Pero para eso había que tener mucho valor.
Veo las gentes que han conseguido sobrevivir en su pueblo, con sus amigos y vecinos de siempre y los envidio, y los temo.
Deben de ser excepcionales, fuertes hasta la coraza de hierro.
Poder superar la infancia, los motes, las crueldades, los chismes, la maledicencia, las quita honras, los despechados, sobrevivir, mantenerse, formar una familia y poder seguir allí, incrustados en el paisaje con figuras es toda una epopeya.
Creo que la mayoría de las gentes que viajan incansables tras el país sin sombra son pobres apátridas, niños asustados, rapaces tozudos a la busca de la realización del otro yo. De un yo cualquiera al que aferrarse.
Ya casi he conseguido mi sueño. Tras haber tenido que ser, por obligación, zíngara.
Sólo quiero moverme como mucho esos cincuenta kilómetros que me separan del trabajo.
Ni un viaje más.
Fiestas, cenas y meriendas, en casa.
Sin exagerar. Adaptando el ritmo al metabolismo.
El resto... Internet, compras, movimientos de cuentas, relaciones...
Teléfono escasas veces, y para ver humanos en movimiento con o sin guión: Satélite Digital.
Hablando de chismes...parece ser que Movistar saca el iPhone.
Me pido uno.
Que me lo manden por correo...





















