Vista del abra de Bilbao desde Algorta / Juan Barroeta
La semana pasada murió mi prima A.
Fue una de esas muertes envidiables de las que sólo se enteran los que se quedan.
Bien por ella.
Fui al funeral y seguido salí disparada al ensayo del coro. Casi sin tiempo para pensar en nada, salvo en el cambio de partituras.
Ensayos toda la semana, concierto el sábado...
No he podido hablar con sus hijos, mis primos, ni con nadie. Supongo que quedaré con ellos en algún momento, tal vez la boda del pequeño, no lo sé, el caso es que me he ido distanciando de los últimos lazos que me ataban a mi no familia y me resulta muy difícil establecer un vinculo o un lugar común cómodo desde el que comentar vidas y sucesos.
Todo lo contrario de lo que me pasa con la tierra.
Este último viaje ha sido definitivo. Me duele la distancia, me duelen las pituitarias, me duelen los ojos... los oídos.
He heredado de la rama femenina de la familia la facultad del lagrimeo fácil.
Ya puedo llorar hasta con los anuncios de Coca-Cola.
El otro día, dormida y agotada, mi cabeza rebotó contra la ventanilla del avión cuando empezó a descender. Abrí los ojos dolorida y ahí estaba. El verde, los verdes, la furia del verde, de la clorofila hasta ser casi negro.
Las nubes, el viento, el agua brillando, las piedras de Orduña, los valles, el Nervión bajando, los bosques de pinos enormes, los hayales...
Me dio vergüenza que me vieran llorar de emoción al verlo.
Hace un rato he ido a asegurar el ventanal del balcón, hace un viento frío furioso que golpea contra todo y ha bajado la temperatura catorce grados de golpe.
A rachas llueve y hasta ha saltado la calefacción.
Ajusto las ventanas y voy a buscar unos calcetines gordos para sacar a los perros.
Escucho las noticias y las tertulias locales y de nuevo me emociono como mirando los montes.
Amo esta tierra, a estas gentes.
Y a veces, como hoy, me enorgullezco de formar parte de ello.