Geometría / Paco Espirós
Un día hablaba por aquí de los escorzos, la perspectiva, todo ello ligado a algún recuerdo que he olvidado.
Ayer mientras iba conduciendo hacia Cantabria recordaba la vieja carretera por la que tantas veces pasé en motos y coches.
Había zonas que eran realmente peligrosas, con el peralte al revés, donde sabías que muy probablemente el que iba delante que te acababa de pasar impaciente se saldría. El augurio se cumplía una y otra vez hasta el punto de que acabaron colocando un puesto de la Cruz Roja a unos dos kilómetros.
Había tramos enteros siempre con boquetes o hundimientos del terreno que por estar en colina sobre el mar acababa resumido, perdiendo base hasta el peligro.
Había también zonas de rectas que eran más peligrosas aún que las anteriores, ahí los conductores ya desesperados, hartos de curvas, cuestas y baches decidían recuperar el tiempo perdido con diversa suerte.
Era, en fin, una maldita carretera con un tráfico que no podía digerir y un endiablado trazado hecho sobre camino de carro.
Recordando todo eso me vino a la memoria una situación desconcertante que sólo me podía haber vuelto tan clara escuchando el motor y oliendo tubo de escape.
Debe de tener un toque y cada día se hace más presente en cuerpo y humo.
Íbamos en mi segundo 2CV, el rojo.
M. había quedado con el chico que la requería ultimamente en Laredo, donde J., una amiga que yo no conocía y su hermana veraneaban y pasaban algún que otro fin de semana.
Yo no conocía a nadie, ni a su posible novio ni a sus otras amigas, así que M. (mi amiga del colegio) me iba dando algún informe general mientras el radiocasette a tope intentaba luchar con el ruido del coche, el aire del techo descapotado y nuestra conversación a gritos.
Ir a Laredo era algo más que una salida, se tardaba más de una hora, con poco tráfico, así que era una opción para pasar el día completo.
Nos costó encontrar la casa, no porque M. no supiera la dirección, sino porque no sabíamos los sentidos de los miles de pequeñas calles que formaban aquel laberinto residencial.
La casa era el típico apartamento de verano, gran comedor, pequeña cocina, un pasillo, terraza, sillas de formas y estilos diferentes, lámparas recolocadas de otras vidas, un viejo televisor en b/n, un equipo al que no le funcionaba el tocadiscos, vajillas y vasos de cuatro o cinco clases mezcladas...
Estaban tomando un aperitivo en la terraza, se les veía desde la puerta que abrió J. y allí fuimos mientras nos empujaba riendo y diciendo a gritos nuestros nombres.
M. se sentó junto a su admirador y yo fui a buscar una silla que cupiera.
Habían sacado dos mesas y estaba todo colocado sobre ellas, y ya sacaban las cazuelas de comida que habían llevado. Había de todo, carne en salsa, merluza, almejas, lomo, bebidas, vino, refrescos, casi no cabía la cazuela que nosotras llevábamos de los chipirones que yo había hecho.
Estaban J., su hermana, sus dos novios, dos amigas más de Madrid, el pretendiente de M., y dos chicos más que presentaron con prisa. Con prisa me refiero a que no dieron todos los apellidos de su familia ni el pedigrí, como hicieron con sus novios y las amigas madrileñas.
M., las hermanas y las otras dos hablaban riendo mucho de todo sin parar. Los demás optamos por dedicarnos a comer, cosa que hicimos con gusto, porque estaba todo riquísimo además de tener un hambre considerable.
En un momento dado, uno de los chicos comentó que los chipirones estaban de muerte, lo que el otro corroboró sirviéndose otro plato.
Al cabo de un rato, el pretendiente de M. dijo que eran los mejores que había comido en su vida. A mi todo eso me enorgullecía mucho, pero la verdad, no creía que era para tanto, mi madre los hacía mil veces mejor.
Y entonces estalló. Sin venir a cuento, con el motivo de la cazuela y este comienzo: "no pensarás que es cierto, lo dicen porque les das pena..." empezó todo.
No recuerdo bien cuanto duró, supongo que pocos minutos, diez, doce, a mi me pareció un siglo. M. y las dos hermanas, ayudadas por las dos de Madrid, que acababan de conocerme, empezaron a hacer una lista interminable de las razones para no soportarme. En ella había de todo, desde mi manera de vestir (infame, lo reconozco, siempre cosas cómodas o lo que me mandaba mi madre si había que ir bien) a mi manera de hablar, los temas, mis novios (que además nunca me habían querido), mi vida...todo.
Cuando pude cerrar la boca y tragar saliva me levanté para ir al baño.
Me lavé la cara varias veces, se me había corrido el rimmel de los lagrimones, y cuando se me desinflaron los labios y los ojos, salí a un pasillo por el que me perdí.
Daba la vuelta cuando de una habitación salieron los dos chicos aquellos. Me preguntaron que si quería ir a alguna parte, que se tenían que ir, yo no supe qué contestar. Tenía mi coche y quería salir corriendo, pero no podía dejar a M. allí sin hablar con ella.
Cuando fui a la sala habían recogido todo lo de la terraza, estaban todos sentados por parejas, menos las chicas de Madrid, que estaban con M. y su pretendiente.
Habían cerrado las persianas, puesto música de bailar juntos y todos tenían copas de combinados o licores.
M. estaba totalmente borracha y su posible novio intentaba que no bebiera más. Las de Madrid estaban tan borrachas como ella y se reían de todo lo que decían que resultaba imposible de comprender.
Le dije a M. que quería irme, que si tenía con quien volver y me dijo que me largara de una vez, que era patética si me pensaba que me necesitaba para algo.
Recuerdo haber pasado mucho tiempo pensando en todo lo que de pronto tenía un nuevo sentido. Revisando frases, conversaciones que yo suponía entre amigas y que ahora, desde este nuevo ángulo en que podía mirarlo, se convertían en interrogatorios, o lo que es peor, en simple curiosidad vital de quien vivía por medio de esas experiencias (las mías y las de otros) una especie de sensación de vida, unido al perfecto poderío que da la más absoluta manipulación.
Durante años aparqué, o borré aquello hasta que una vez nos encontramos en Bilbao.
Era como si todo hubiera sido un sueño. Su risa me hizo despertar.
Su vida, con alguien que estaba aparcando el coche, era perfecta, según se puso a contarme a toda velocidad, daba a entender que todo había salido como ella quería. Sus hijas algo vagas, pero monas, su casa revalorizada gracias al museo, no conducía, seguía siendo superior a sus fuerzas, pero su marido la llevaba donde quería, y tampoco tenía que trabajar, de sobra tenía con que todo funcionara bien.
No hizo amago de recordar cual había sido nuestra última conversación, en cambio yo no podía evitar verla clavada, exactamente igual de borracha, como la tenía grabada en mi mente y si la imagen actual se sobreponía un instante, su risa volvía a colocar la otra, algo sepia, una y otra vez.
No la he vuelto a ver.
Durante un rato, con el coche ya aparcado vi las casas, las calles y aquella luz que hacía daño de aquel día.
Al volver después por la nueva carretera, ahora ya autovía, que sigue siendo insuficiente para el tráfico, que sigue siendo considerablemente peligrosa, protestó el escape reduciendo.
Es mejor que lo arregle cuanto antes.