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12 febrero 2008

Día de Darwin. ¡Feliz día!



Charles Darwin como Símbolo para la
Celebración de La Ciencia y la Humanidad.


Las celebraciones son una parte importante de cada cultura. Proporcionan una tradición y un enlace común que son compartidos entre los que crean su propia cultura, permitiéndoles experimentar una significativa conexión entre ellos y los principios a los cuales suscriben. Desafortunadamente la mayoría de las celebraciones se basan en tradiciones antiguas que son relevantes solamente a un país o a una cultura específica y que han sido a menudo y continúan siendo, el origen de serios conflictos.

En esta coyuntura histórica, el mundo se ha vuelto tan pequeño e interdependiente, que necesitamos una celebración universal para promover un enlace común entre toda la gente. La Celebración del Día de Darwin fue fundada sobre la premisa de que la ciencia, como la música, es una lengua internacional que habla a toda la gente de forma muy similar. Mientras que la música es tanto intelectual como entretenimiento, la ciencia es nuestro sistema de conocimiento más confiable, que ha sido y continúa siendo adquirido mediante la curiosidad y el ingenio humano. Adicionalmente, la evolución mediante la variación genética y la selección natural, introducidas por Darwin, se han convertido en el principio central de la organización en biología. Además, la evolución también desempeña un papel central en astronomía y cosmología, donde se refiere a la manera en que las estrellas, galaxias y el universo entero 'cambia en el tiempo'. Estudiar biología sin considerar la evolución sería como estudiar física sin las leyes de Newton que gobiernan el universo o química sin la tabla periódica. Claramente, Darwin mismo se ha convertido en una figura internacionalmente aclamada, cuya influencia en el pensamiento moderno progresivo, continúa siendo profunda y penetrante (Ernst Mayr, La influencia de Darwin en el pensamiento moderno, “Scientific American”, julio de 2000).

La investigación actual en el campo de la genética, incluyendo el genoma humano, ha demostrado en forma concluyente que todos los seres humanos son esencialmente idénticos y que estamos genéticamente relacionados con el resto de los seres vivos en este planeta. Tener una visión ilustrada de la genética es tener una visión de unidad e igualdad entre todos los seres humanos y que fomenta un sentido profundo del respeto y del aprecio por toda la vida. La validez de la teoría de Darwin de la evolución por la selección natural, se apoya hoy en nuestra comprensión de los mecanismos moleculares de la genética. Por lo tanto, concluimos que Charles Darwin es un símbolo valioso en el cual enfocarse, para realizar una Celebración Mundial de la Ciencia y de la Humanidad con la intención de promover un enlace común entre toda la gente de la tierra.
_____________

En Bilbao se celebra así.

29 enero 2008

Adieu

Comme tout meurt vite, la rose
Déclose,
Et les frais manteaux diaprés
Des prés;
Les longs soupirs, les bienaimées,
Fumées!

On voit dans ce monde léger
Changer,
Plus vite que les flots des grèves,
Nos rêves,
Plus vite que le givre en fleurs,
Nos coeurs!

À vous l'on se croyait fidèle,
Cruelle,
Mais hélas! les plus longs amours
Sont courts!
Et je dis en quittant vos charmes,
Sans larmes,
Presqu'au moment de mon aveu,
Adieu!
Charles Jean Grandmougin (1850-1930)

Hacía mucho tiempo que no pensaba en él.
Tal vez forma parte de una de esas cosas sanas que acostumbro a tener sin querer, sin voluntad implicada.
Cuando veo que algo es imposible suelo dejarlo como tal y me dedico a otros asuntos, por propia seguridad personal, supongo. Olvido.
No sé cuanto estuvimos juntos. Por juntos me refiero a juntos trabajando, hablando casi diariamente por teléfono, ensayando, viajando de conciertos.
Sabía todo de mi, casi me había visto crecer por la diferencia de edad, así que la relación de amistad era de una intensidad potente, y me sentía segura.
Apareció en el periódico anunciada una gira de conciertos y una entrevista con el pianista, también amigo, con el que iba a hacerla. Naturalmente que estaba informado de ello, yo no era la que contrataba ni organizaba, así que las cosas eran como siempre son.
Supongo que verlo en los periódicos le hizo crac en alguna parte.
Teníamos unos conciertos programados y me dijo que no podría hacerlos, que ya iba a dejar de tocar para dedicarse a componer.
Desde entonces desapareció.
Un día en el metro le vi. Hizo como que leía algo y no me saludó.
En aquel momento mi vida no era precisamente fácil. Ese mismo día del metro, cuando volví a casa tuve una sesión gore de convivencia conflictiva y probablemente eso hizo que el asunto del metro pasara a segunda fila.
Hoy me he despertado acordándome de un ensayo concreto.
He sentido un dolor inmenso, una punzada dolorosa, terrible, en el estómago y he estado a punto de llorar.
Sé positivamente que su vida ha discurrido en más o menos tranquilidad, según su carácter, mientras que la mía ha sido un compendio de situaciones a cual más inenarrables, de hecho hoy es el día que tras años de estar escribiendo este cuaderno, es la primera vez que cuento algo realmente personal, doloroso y presente.
Quiero pensar que alguna vez se habrá replanteado llamarme, sé que ha preguntado por mi vía conocidos intermedios, pero sé también que su orgullo le impedirá siempre dar el definitivo paso.
Respecto al orgullo creía conocerlo todo. Yo lo soy, soy orgullosa, intento serlo más aún para poder cerrar persianas, pero reconozco que el vacío, el dolor que deja la extirpación de una parte de uno mismo, es a veces insoportable.

Mantengo amistad, relación y trato, con amigos desde la infancia. He perdido algunos otros, pocos, que apresuradamente creí amigos y les condecoré con el estandarte pesado de mi cosecha. Lo que hizo que me dieran con él en la cabeza en la primera ocasión. Se lo agradezco, la verdad. No hay cosa más tonta que pretender mezclar el agua y el aceite y estar con la batidora perpetuamente a ver si emulsiona.

Pero este otro caso es distinto. Hasta con mis ex hablo tranquilamente, sé de sus vidas, sé y me tranquiliza saber que están bien. ¿Sabrá él que yo he sobrevivido?

La salida fácil en estos casos suele ser el ataque. No para mi.
No necesito culparle de nada. Siempre supe cómo era, así que nada debería sorprenderme.
Le tomé tal cual, y me apartó a su manera. No hay más.

Bueno, sí; que no puedo, en un tiempo, cuando me pasa esto del dolor, escuchar nada de lo que hicimos juntos.

Afortunadamente, lo que ahora estoy estudiando no tiene nada que ver y puedo hacerlo sin ponerme enferma. Cosa que en otras ocasiones, cuando he estado bajo mínimos, ha llegado a pasar. Es terrible eso de tener que tragarse unos cuantos analgésicos para poder soportar el dolor de cabeza que va avanzando hasta la fiebre porque lo que estás haciendo significa seguir luchando en algo hostil, de donde quieren echarte a toda costa, y deseando irte, desaparecer, no te queda más remedio que continuar, apechugar y transformarlo todo en eso que llaman arte y que traducido no es más que una lucha contra los elementos, y a veces un esfuerzo sobre humano para poder salir, sonreír y convencer y enamorar de lo que interpretas a los que pagan su entrada y que maldito les importa nada de lo que te pasa.

Siempre me he preguntado si en la cosa de los pucheros anda todo igual.
Tal vez debería abrir una tasca de menú del día.

19 octubre 2007

Rueda


Sueño de la mentira y la inconstancia / Goya

Pues si vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera,
más que duró lo que vio
porque todo ha de pasar
por tal manera.


Coplas a la muerte de mi padre / Manrique



Me asombra cuando se asombran de la rueda.
Una y otra vez siempre es lo mismo.
¿Cómo puede pensar el que traiciona que nadie va a devolverle la jugada?

Más insólito aún es la que piensa que el que engañó a su mujer con ella, va a ser fiel seguidor de su elucubre vital.

¿De dónde esa osadía, esa impunidad ante la ley de vida?

Desde que el mundo es mundo siempre ha sido igual.
El que hace un cesto... se aficiona al bricolaje.

Y algunos se encuentran con la horma de su zapato.






03 junio 2007

Ágora


Mi alumno y sin embargo amigo tiene un sarao el martes en la Residencia de Estudiantes.
Igual alguien puede ir, se lo pasará bien, lo garantizo.
Y estando ensayando para el evento me recordó que tenía que buscarle unas cuantas cosas de Luis Mariano, porque el sábado 9 estaba programada una especie de peregrinación anual que hacen a su casa museo, y era cosa de fardar llevando reliquias.
Será imposible, porque ese día tengo concierto (si se me limpian las alcantarillas) así que me puse a buscar cosas por casa para que las llevara él.



Lo primero que encontré fue el recibo del frigorífico del abrigo de foca. Me explico, es el recibo de guardar en verano un abrigo de foca (bebé, para rintintin de los ecolojoides) marrón que acabaron arreglándole. La cosa empezó porque tenía que cantar una opereta en que salía de ruso, así que se le ocurrió ponerse el abrigo de mi tía (el marrón) y terminó en que no se quitaba el abrigo ni con aceite hirviendo, así que optaron (mi madre y mi tía) por arreglárselo un poco y turnarse ellas con el otro (también de foca) gris.
Eso sí, para hibernar se lo bajaba a Arcachón, no fuera que se sintiera sólo...era único.


Luego encontré la foto dedicada a "ma chere chatelaine Belenchu".
Belén, mi tía, más que chatelaine era un poco lo que yo hago ahora.
Tía, mesonera, sofá-cama, y enfermera...es decir, allí se presentaban todos los compañeros de la clase de canto de mi madre (bajaban de París), y allí vivían, comían, y se reponían...algunos se quedaban en general, como Mariano, pero eso ya era cosa de adopciones.
En esta foto está encorbatado, pero en otra (que no subo, porque no me funciona el escaner y ando sacando las fotos con la cámara y ya estoy harta) está con una camisa de chorreras una cosa sideral.
Se la hizo mi tía, que cosía divinamente todo lo que fueran cosas especiales.
La camisa era de seda, normal y corriente, pero mi tía le añadió unas chorreras una cosa perifolla y amariconada, y él se solía poner en el mismo centro, una especie de medallón (que uso yo mucho y que no encuentro ahora por ninguna parte) dorado y unos gemelos de oro y nácar.
Los gemelos los encontré enseguida, se los va a poner F. en el concierto "para dar la nota"...¡y tanto!...
Estaban en una cajita con cosas de mi tío Esteban y allí estaba la medalla de Goyo (Gregorio).

Cuando ya se iban todos y la caída de Bilbao era inminente, fue mi madre a buscar a Goyo a Castillo Elejabeitia. Contaba que casi no le reconoció.
Estaba consumido, encorvado, tenía un tic, y sus enormes ojos verdes (la marca de la familia) casi bizqueaban. Mi madre se quedó impactada pero intentó disimular.
No sirvió de mucho. El ya sabía que acababa allí.
Ella intentó que se fuera con ella, pero eso era algo impensable, una deserción.
Le dio la medalla (la que toda la familia tenemos de la Comunión) y le dijo que no se preocupara por él, que prefería morirse, porque después de haber matado hombres no merecía la pena vivir.
El compañero que acompañó a mi madre hasta la carretera le dijo que toda la unidad estaba igual, y que todos esperaban ya descansar de una vez.

Cuando veo los soldados americanos haciendo declaraciones contra la guerra me asombra la capacidad humana para la supervivencia. Igual mi tío hubiera podido vivir, no lo sé...pero resulta asombroso que hombres doloridos, humillados o maltratados por la sinrazón guerrera no se dediquen cíclicamente a llevarse por delante una buena cantidad de compañía involuntaria en su pira funeraria.
Generalmente, habida cuenta de la cantidad de armas que hay, la gente se asombra de que salgan francotiradores o locos en los tejados.

Yo me asombro de que a pesar de todo no exista el caos...de esta supervivencia al modo cervantino...un orden dentro del mayor desorden...




Me levanto por un chupitin de jarabe y veo latiendo la manzana del ordenas.
Cierro cosas y veo que ya funciona lo de subir fotos.
Así que subo la foto de la performance y dejo lo que se me acaba de ocurrir para mañana.

11 abril 2007

Ángulo

Geometría / Paco Espirós

Un día hablaba por aquí de los escorzos, la perspectiva, todo ello ligado a algún recuerdo que he olvidado.
Ayer mientras iba conduciendo hacia Cantabria recordaba la vieja carretera por la que tantas veces pasé en motos y coches.
Había zonas que eran realmente peligrosas, con el peralte al revés, donde sabías que muy probablemente el que iba delante que te acababa de pasar impaciente se saldría. El augurio se cumplía una y otra vez hasta el punto de que acabaron colocando un puesto de la Cruz Roja a unos dos kilómetros.
Había tramos enteros siempre con boquetes o hundimientos del terreno que por estar en colina sobre el mar acababa resumido, perdiendo base hasta el peligro.
Había también zonas de rectas que eran más peligrosas aún que las anteriores, ahí los conductores ya desesperados, hartos de curvas, cuestas y baches decidían recuperar el tiempo perdido con diversa suerte.
Era, en fin, una maldita carretera con un tráfico que no podía digerir y un endiablado trazado hecho sobre camino de carro.
Recordando todo eso me vino a la memoria una situación desconcertante que sólo me podía haber vuelto tan clara escuchando el motor y oliendo tubo de escape.
Debe de tener un toque y cada día se hace más presente en cuerpo y humo.

Íbamos en mi segundo 2CV, el rojo.
M. había quedado con el chico que la requería ultimamente en Laredo, donde J., una amiga que yo no conocía y su hermana veraneaban y pasaban algún que otro fin de semana.
Yo no conocía a nadie, ni a su posible novio ni a sus otras amigas, así que M. (mi amiga del colegio) me iba dando algún informe general mientras el radiocasette a tope intentaba luchar con el ruido del coche, el aire del techo descapotado y nuestra conversación a gritos.
Ir a Laredo era algo más que una salida, se tardaba más de una hora, con poco tráfico, así que era una opción para pasar el día completo.
Nos costó encontrar la casa, no porque M. no supiera la dirección, sino porque no sabíamos los sentidos de los miles de pequeñas calles que formaban aquel laberinto residencial.
La casa era el típico apartamento de verano, gran comedor, pequeña cocina, un pasillo, terraza, sillas de formas y estilos diferentes, lámparas recolocadas de otras vidas, un viejo televisor en b/n, un equipo al que no le funcionaba el tocadiscos, vajillas y vasos de cuatro o cinco clases mezcladas...
Estaban tomando un aperitivo en la terraza, se les veía desde la puerta que abrió J. y allí fuimos mientras nos empujaba riendo y diciendo a gritos nuestros nombres.
M. se sentó junto a su admirador y yo fui a buscar una silla que cupiera.
Habían sacado dos mesas y estaba todo colocado sobre ellas, y ya sacaban las cazuelas de comida que habían llevado. Había de todo, carne en salsa, merluza, almejas, lomo, bebidas, vino, refrescos, casi no cabía la cazuela que nosotras llevábamos de los chipirones que yo había hecho.
Estaban J., su hermana, sus dos novios, dos amigas más de Madrid, el pretendiente de M., y dos chicos más que presentaron con prisa. Con prisa me refiero a que no dieron todos los apellidos de su familia ni el pedigrí, como hicieron con sus novios y las amigas madrileñas.
M., las hermanas y las otras dos hablaban riendo mucho de todo sin parar. Los demás optamos por dedicarnos a comer, cosa que hicimos con gusto, porque estaba todo riquísimo además de tener un hambre considerable.
En un momento dado, uno de los chicos comentó que los chipirones estaban de muerte, lo que el otro corroboró sirviéndose otro plato.
Al cabo de un rato, el pretendiente de M. dijo que eran los mejores que había comido en su vida. A mi todo eso me enorgullecía mucho, pero la verdad, no creía que era para tanto, mi madre los hacía mil veces mejor.
Y entonces estalló. Sin venir a cuento, con el motivo de la cazuela y este comienzo: "no pensarás que es cierto, lo dicen porque les das pena..." empezó todo.
No recuerdo bien cuanto duró, supongo que pocos minutos, diez, doce, a mi me pareció un siglo. M. y las dos hermanas, ayudadas por las dos de Madrid, que acababan de conocerme, empezaron a hacer una lista interminable de las razones para no soportarme. En ella había de todo, desde mi manera de vestir (infame, lo reconozco, siempre cosas cómodas o lo que me mandaba mi madre si había que ir bien) a mi manera de hablar, los temas, mis novios (que además nunca me habían querido), mi vida...todo.

Cuando pude cerrar la boca y tragar saliva me levanté para ir al baño.
Me lavé la cara varias veces, se me había corrido el rimmel de los lagrimones, y cuando se me desinflaron los labios y los ojos, salí a un pasillo por el que me perdí.
Daba la vuelta cuando de una habitación salieron los dos chicos aquellos. Me preguntaron que si quería ir a alguna parte, que se tenían que ir, yo no supe qué contestar. Tenía mi coche y quería salir corriendo, pero no podía dejar a M. allí sin hablar con ella.
Cuando fui a la sala habían recogido todo lo de la terraza, estaban todos sentados por parejas, menos las chicas de Madrid, que estaban con M. y su pretendiente.
Habían cerrado las persianas, puesto música de bailar juntos y todos tenían copas de combinados o licores.
M. estaba totalmente borracha y su posible novio intentaba que no bebiera más. Las de Madrid estaban tan borrachas como ella y se reían de todo lo que decían que resultaba imposible de comprender.
Le dije a M. que quería irme, que si tenía con quien volver y me dijo que me largara de una vez, que era patética si me pensaba que me necesitaba para algo.

Recuerdo haber pasado mucho tiempo pensando en todo lo que de pronto tenía un nuevo sentido. Revisando frases, conversaciones que yo suponía entre amigas y que ahora, desde este nuevo ángulo en que podía mirarlo, se convertían en interrogatorios, o lo que es peor, en simple curiosidad vital de quien vivía por medio de esas experiencias (las mías y las de otros) una especie de sensación de vida, unido al perfecto poderío que da la más absoluta manipulación.

Durante años aparqué, o borré aquello hasta que una vez nos encontramos en Bilbao.
Era como si todo hubiera sido un sueño. Su risa me hizo despertar.
Su vida, con alguien que estaba aparcando el coche, era perfecta, según se puso a contarme a toda velocidad, daba a entender que todo había salido como ella quería. Sus hijas algo vagas, pero monas, su casa revalorizada gracias al museo, no conducía, seguía siendo superior a sus fuerzas, pero su marido la llevaba donde quería, y tampoco tenía que trabajar, de sobra tenía con que todo funcionara bien.
No hizo amago de recordar cual había sido nuestra última conversación, en cambio yo no podía evitar verla clavada, exactamente igual de borracha, como la tenía grabada en mi mente y si la imagen actual se sobreponía un instante, su risa volvía a colocar la otra, algo sepia, una y otra vez.
No la he vuelto a ver.

Durante un rato, con el coche ya aparcado vi las casas, las calles y aquella luz que hacía daño de aquel día.
Al volver después por la nueva carretera, ahora ya autovía, que sigue siendo insuficiente para el tráfico, que sigue siendo considerablemente peligrosa, protestó el escape reduciendo.
Es mejor que lo arregle cuanto antes.

20 febrero 2007

Cromos



La semana pasada me dieron un chisme para oír música a cambio de una cartilla con cromos pegados que había ido recortando de El País.
No sé que me ha gustado más, si el chisme, que me viene bien para estudiar porque pesa menos que el Mini Disc, o el hecho de ir pegando los cromos cada día.
Recortaba y pegaba una mañana recordando la última vez que hice algo similar.
Sólo dos recuerdos venían claros a la memoria. Uno el del álbum de Ben-Hur.
Tenía yo entonces pocos años, tan pocos como para que la mayoría de los cromos los pegara la tata. Vivía en el pueblo, con los tíos, así que todos aquellos cromos repetidos que salían no sabía que había que cambiarlos, se iban amontonando y amontonando hasta que en un rapto de racanería utilitaria, unos años más tarde, los fui pegando unos encima de otros (con engrudo), lo que transformó el álbum en una especie de dromedario bultoso. Sobre todo por la zona de la "batalla en el mar", cuantísimos repetidos...


Más adelante, viviendo en Bilbao, vi con asombro cómo los niños se intercambiaban los cromos en la Plaza Nueva.
Había allí un tráfico cada domingo digno de libro. Aún sigue habiéndolo, aunque ignoro que tipo de álbumes se hacen ahora. Lo curioso es que está lleno de gente mayor, con sus bolsas de cromos, sus listas, me gusta verlo.

Recuerdo los cromos que salían en la chocolatinas Nestle. Mariposas, razas humanas, trajes, animales, coches, trenes...
El álbum Vida y Color, el de Pipi Calzaslargas...
Brillaban y algunos tenían unas fotos de muy buena calidad, cuando no eran unos dibujos maestros. Supongo que fueron las primeras enciclopedias de unos críos que sólo tenían eso como libro de consulta en un momento en que la televisión (los que la tenían) no había descubierto aún el filón de los documentales.


Y recuerdo, cómo no, las libretas de puntos. Había unos supermercados, SPAR, que daban cantidades de puntos según precios o productos. Vajillas de Duralex, tazas, cazuelas... aquello se convirtió en una especie de religión, cartillas y cartillas o libretas con sus sellos de puntos con el dibujo de un árbol, un pino, que al principio había que engominar, y que luego ya venían con su goma chupona, como los sellos de verdad.

Ha sido muy agradable esto de pegar puntos o cromos. Y por cierto, el chisme funciona estupendamente, hasta tiene una radiurria de fácil sintonía para escuchar en las colas o en el metro.

Ahora voy a ver cuantos puntos Travel tengo, me da que me llega para el avión ida y vuelta que tengo que reservar y que no encuentro nada por debajo de 300 eurípides. Igual me da hasta para algún otro chirimbolo...

10 enero 2007

Tacto

Terciopelo




Solía estirar los brazos, tumbada boca abajo, y así, fuera de la toalla, podía amasar la arena.
Se deslizaba entre los dedos como una harina áspera, así de fina, de blanca.
Durante horas, dormida incluso, amasaba lentamente.
Luego en la cama, entre sueños, mis manos repetían el gesto y sentía, permanecía, la misma sensación.

Cuando me metía en la cama del pueblo en verano, procuraba hacerlo despacio para notar como rozaba mi cuerpo las sábanas mientras me tumbaba. Luego, hasta que iba entrando en el sueño, movía de vez en cuando una pierna buscando la zona más fría, notando el tejido suave rozando la piel.

Algunas veces me tumbaba junto a mi madre cuando ya estaba dormida. Me pegaba a su espalda y pasaba mi mano por su pelo. Giraba los dedos haciendo rizos flojos, despacio, una y otra vez y me dormía.

Tuve un abrigo de terciopelo negro que me solía poner para ir a sitios de vestirse como conciertos, teatro. Doblaba el abrigo y lo ponía sobre mis piernas, luego metía las dos manos entre los dobleces de la tela, entre aquella suavidad.

Mientras pescaba a la cacea solía fumar algún cigarro, no podía leer nada, la luz del sol era demasiado fuerte para poder seguir el negro sobre aquel blanco hiriente. Cansada de no hacer nada me solía tumbar sobre el borde de la barca. Con el brazo hacia atrás podía dejar flotando la mano sobre el agua. Algunas algas flotantes dejaban una sensación de babas, de plástico rozando, otras hacían cosquillas y picaban entre los dedos al pasar.

Pasaba muchas tardes tumbada en aquella rama del manzano. Cada uno teníamos un árbol propio al que nos subíamos para merendar, o porque sí.
El mío daba manzanas rojas, un poco ácidas.
Tumbada en la rama de siempre si estiraba la mano podía tocar una rama pequeña que estaba naciendo de un nudo enmuñonado. Era suave como la seda más lisa, y fresca siempre como si viviera en un lugar en penumbra.

Procuraba nadar siempre en zonas del río en que no me cubriera. Siempre me dió miedo la poza grande, aquella obscuridad de su centro parecía salir de las profundidades de la tierra.
Nunca sabía si iba a poder quedarme de pié cuando intentaba hacerlo. Casi todas las piedras tenían largas barbas de una especie de alga informe que patinaba como si fuera aceite verdinegro. Cuando alguna vez conseguía hacer pié sobre una zona libre, pasaba despacio el otro sobre la masa babosa que se movía como un enorme pez contra corriente. Una mezcla de placer por la suavidad envolvente, de repulsión por la sensación gelatinosa y miedo, hacía que rápidamente buscara flotar y nadara hacia la orilla.

Cuando conduzco con la ventanilla abierta suelo sacar el brazo y dejar volar la mano como si fuera un avión. Sube y baja llevada por el viento.
El viento, si se abren los dedos, se mete entre ellos como desconcertado. Entonces no planea el torpe aparato volador, oscila y quiere girar como si fuera un molinete.
El aire pasa siempre fresco y se pueden hacer pelotas de viento frío en la palma de la mano.

25 diciembre 2006

La Luna



Claro de luna/Edvard Munch


Hay dos versos de La Canción del Pirata de Espronceda que siempre me han puesto el pulso a latir más deprisa. El primero el de la luna:

La luna en el mar riela
en la lona gime el viento,
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y va el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
y allá a su frente Istambul

Yo le tengo una ley especial a la luna. Eso sin contar con que no me gusta el sol.
Con la luna me siento cómoda y todo lo que aparece bajo su luz es hermoso, distinto, sugerente.
Me gustaba mirar la luna de pequeña, y veía las ramas de los árboles en la pared de mi cuarto reflejados por su luz. Era un teatro chino en el que me podía inventar lo que quisiera, y con el que me adormecía confiada.
He andado mucho en bici bajo la luna, y bajo la luna he escuchado requiebros y me he quemado viva.
Las luces del 2CV eran tan rematadamente malas que era preferible apagarlas las noches de luna llena. Conducir suave bajo esa luz, por una carretera conocida, junto al mar, es algo que aún me sorprende añorar soñando.
He navegado de noche y he visto cómo riela, y he sentido ese punto demente en el que parece que se podría ir corriendo sobre el reflejo.
Y así enlazo con el segundo verso:

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi dios la libertad,
mi ley, la fuerza y el viento,
mi única patria, la mar.

La luna y el mar siempre han estado de relaciones. Es una pareja de hecho.
Y a mi me gusta contemplar sus andanzas, ahora ya desde tierra, porque siento una forma de vitalidad brutal laxa, por encima de la capacidad vivencial animal que de natura tengo.
Y es laxa curiosamente. Supongo que la familiaridad, el trato, hace eso. Son muchos años contemplándola, llevándola de faro, mirando las perspectivas de su sempiterna cara desde todos los ángulos.
Hay más que sienten lo mismo, por lo visto. Por ejemplo Debussy. Su Claro de Luna produce placer, equilibrio...laxitud.

Cosas de lunáticos...

22 diciembre 2006

Nacimiento 2

Maternidad/Joan Miró


Los partos duelen y cuando son sin dolor las madres se sienten como si fueran menos madres y las comadronas las tratan como ganado quejumbroso.
Parirás con dolor. La letra con sangre. Te quiere y te hará llorar.
Qué perversa la unión del amor y el sufrimiento.

Yo tengo un niño, un hijo del amor, del dolor, de la soledad, del abandono.
Mi niño es el mejor. Es bueno, grande, noble, guapo, bello, y cuando se ríe, con su cara de niño grande sale el sol y las cosas tristes bailan al compás y ya nada importa y todo es música.
Mi niño crece cuando muda.
Y va mudando y va dejando la piel en lo que medra.
Y yo le veo crecer y tiemblo pensando que igual, mañana en lugar de piel sale una costra, una coraza, un entramado de rocas o de acero.
Pero no.
Hoy le he visto mudar y entre los restos muertos de escamas y de carne, salía brillando de nuevo su piel blanca, limpia, cálida y suave como sólo él la tiene, tierna y dulce como su corazón de niño.

Mi niño grande crece. Con dolor, como cuando se pare.
Y yo le miro temblando, no sea que se caiga, no sea que se duela de crecer muriendo un poco.

19 diciembre 2006

Degradar

El triunfo de la muerte/Pieter Brueghel el Viejo

Entre eso que llaman "la parrilla" de programas que las distintas cadenas ofrecen, veo con espanto que prolifera, o igual mejor se contagia, la afición por ofrecer supuestos reportajes de periodismo de investigación.
Dadas la connotaciones que esa definición tiene desde el espantoso suceso del 11M gracias a determinados medios, no es de extrañar que los métodos, enfoques y temáticas sean finalmente una especie de emulación de lo peor de la bazofia periodística.
Hace falta tragaderas, hace falta paciencia, y sobre todo morbosidad enfermiza, para digerir las cámaras ocultas utilizadas en la captura del apasionante momento en que el chapero liga, la puta cobra, el camello vende, el enfermo devuelve, el drogadicto se pica, o el travesti se revuelca en su más miserable humillación.

No necesito ver matar una vieja para intuir qué mueve a un asesino, no quiero ver toda esa inmundicia, estoy harta, sé que existe, como sé que respiramos tantas veces por minuto y que si comemos y no defecamos perecemos por obstrucción intestinal o septicemia. No necesito una cámara en una taza de un retrete para saber que el hombre és materia frágil, mezcla de vida y miseria evacuable, y tampoco necesito un dibujo para saber la capacidad evaluable de esa miseria en poseerle y convertir su existencia y la de los demás en un infierno.

Este cupo de morbo, de reboce en la inmundicia está ya en lo más alto, es ya insuperable el grado de impostura de impudicia que se manifiesta.
No hay dignidad, ni honor, ni nobleza en nada de lo que muestran, ninguna de estas palabras tiene sentido, nada de lo que nos hace creer inmortales como dioses de nuestro universo debe ser remarcable, al contrario, no les queda a los heridos, los enfermos, los desheredados, los lumpen del mundo ni siquiera el derecho al pudor ante su propia decadencia o muerte.

Y mientras, los perversos, los fariseos, los manipuladores, los egoístas chupópteros de la esencia del ser, de su conciencia, de su albedrío, de sus afectos, de su intimidad, de sus decisiones en voto, en dinero, o en compromiso de por vida, campan por sus respetos, libres, sin culpa, sin cámaras ocultas que muestren a los ojos atónitos de los ingenuos o los limpios de corazón, de los perrunos humanos que se mueven por afectos y protocolos elementales, su verdadera cara, el verdadero rostro de la maldad, de la infamia más nauseabunda.

El espectáculo debe continuar: pagan ellos.

20 noviembre 2006

Noviembre 2


Noviembre/Tomás Campuzano y Aguirre


Era jueves, yo tenía clase de piano a primera hora, así que era jueves.
Forma todo un barullo en la memoria, pero recuerdo como cuadros o fotos, según el emborrone.
Volví a casa y las caras eran largas, de preocupación.
Mi tía, que era muy previsora, dijo que había que comprar comida por si pasaba algo.
Todos estaban pendientes de la televisión.
Llamó Bougeoise, llamó Pisano, ese mismo fin de semana vendría a casa.
Mientras mi madre hablaba con Pepe Hierro y quedaban en llamarse después cuando tuvieran más noticias, mi tío preparaba una maleta de fin de semana, se iba a la casa del pueblo, donde en unas horas llegarían un par de familias. Había que prepararlo todo.
Todos estaban sorprendidos y activos al tiempo, los que vivían fuera pensando en volver, los que vivían dentro en poderlos tener en casa pronto.
Por la tarde, después de marchar mi tío, estaba ya la casa hasta los topes.
Familia, amigos, todos hablaban suavemente, comentaban las noticias que iban llegando y elucubraban lo que podría pasar en el futuro.
La televisión estaba ya apagada, los periódicos sacaron ediciones de tarde y estaban encima de la mesa de la cocina, junto al pan, café, bebidas, vasos.
Volvió a llamar Pepe, todos los familiares y amigos estaban localizados. Algunos tenían miedo y se habían ido a otros lugares, otras casas de amigos, la mayoría no se atrevía ni a hablar de esperanza, de indultos.
Las televisiones se escuchaban en todas las casas, mientras bajaba la escalera con el perro, todas con el mismo programa. La calle estaba vacía, los bares cerrados antes de la hora del cierre.

Se fueron marchando poco a poco y al despedirse todos se abrazaban llorando.
Me metí a dormir en la cama de mi madre. El perro roncaba a los pies.
Encajadas, de espalda, una en la otra, me abrazaba y casi no podía respirar...me fui durmiendo. Entre sueños le pregunté ¿tu crees que hay esperanza?¿cambiará todo?, ella tardó un poco en contestar "no, lo que ya ha pasado no puede cambiar, anda duerme".

Y me dormí como siempre con ella, como nunca más.

06 noviembre 2006

Trenes 3


Paisaje con carro y tren al fondo:V.Van Gogh


Las vías del tren rodeaban todo el pueblo hasta casi hacerle un lazo. Pasaban por detrás de mi casa, y siguiendo por ellas se pasaba por el cementerio, la vereda del río, la fábrica, hasta llegar a la estación, que era lo que más fuera del pueblo estaba.
El Jefe de Estación era un señor bajito, rechoncho con bigote que se posaba el casco del uniforme sobre la cabeza para así sacar un centímetro más de altura. Sólo se le veía con el gorro incrustado cuando hacía viento, para mantener el tipo.
Tenía bastante mal carácter y todos pensábamos que la culpa la tenía su mujer. La Jefa, como la llamaban, era de armas tomar, avinagrada y esquiva apenas saludaba a nadie y sólo se asomaba a la ventana de su casa (vivían pegados literalmente a la estación) para reñir a algún crío o avisar de malas maneras al Jefe que la comida estaba en la mesa.


Dauphinee house:Edward Hopper

Le teníamos una mezcla de respeto y pena, pero ganaba el respeto, sobre todo porque si se le hacía algo, la imaginación nos mostraba una sesión de torturas, tras los cachetes del Jefe, en la cocina de la Jefa, y sólo de pensar en caer en sus garras ya nos comíamos las intenciones.
El único que seguía empeñado en hacerle alguna era Mon, que crecido por haber conseguido tirarle el gorro de un chinazo, no paraba de imaginar perrerías y había que estar siempre disuadiéndole, o buscando algo mejor que hacer para que no pensara en maldades.
Aquel día no pudimos con la tentación. La propuesta era tan sugerente que nadie pensó ni por un momento en otra cosa.
Dejamos las bicis en la cuneta de la carretera que iba a Hontoria y fuimos por detrás de los montones de maderos renegridos hasta la vía muerta donde estaba la vagoneta.
Era una especie de carro o carricoche con una manivela en su justa mitad. Había que moverla entre dos, porque además de estar dura de mover la manivela subía y tiraba de nuestros brazos por encima de la cabeza, con lo que por más que nos escolguitáramos de ella no hacíamos fuerza suficiente, así que el otro debía empujar hacia arriba la suya para ayudar.
Así fuimos sacando el vagón de la vía en la que estaba junto a otros vagones y mercancías. La vía muerta iba paralela a la general, brillaban los raíles entre las yerbas y flores que crecían sin problemas y mientras Mon y Cama daban a la manivela yo me senté en la proa de aquella especie de barco plano que poco a poco iba ganando nudos y navegaba ya a toda velocidad por encima de un mar verde y florido.


Tren en el campo:Monet

Entonces lo oí. El Jefe iba soplando con toda su furia mientras corría con el gorro en la mano que agitaba con cada potente silbido de un pito largo atado con un cordel hasta un botón, como los relojes.
Avisé muerta de miedo a Cama y Mon, y me tiré de la vagoneta. Caímos rodando por la ladera de la vía, ortigándonos y pinchándonos con piedras y matojos.
Estábamos sacudiéndonos y corriendo hacia las bicis, cuando vimos que Cama seguía en el vagón, dándole a la manivela que prácticamente se movía sola. Y se movía porque aquello era cuesta abajo, al poco empezaba la lomera que llegaba hasta el puente y se paró.

Con la madre de Cama aún me da miedo cruzarme. Esa vez le llevó el Jefe a casa colgando de la oreja y estuvo castigado ni sé el tiempo.
Peor fue cuando me lo subí a cuchos para cruzar el río y estrenar las botas de pescar, pero esa es otra historia...

Nos miraba con rencor cuando pasábamos delante de su casa, sentado en las escaleras de la puerta tirando piedras, de unos montoncines bien colocados por tamaños, contra todo lo que se movía: gorriones, lagartijas, hormigas...nosotros.

01 noviembre 2006

Noviembre


Camino al cementerio/Antonio López


Hace tiempo, cuando vivía mi familia, el día de hoy era de obligado cumplimiento.
Se preparaban con antelación los tiestos (flores vivas para los muertos) las plantas y los aperos de limpieza y la cosa consistía en ir al cementerio a limpiar el panteón (que previamente había sido remozado y parcheado por el marmolista), barrer bien, quitar plantas viejas o muertas y plantar las nuevas que iban a vivir en las jardineras que cabezonamente se había empeñado mi tía en colocar, para lo que el marmolista, que se había vuelto considerablemente loco (al menos lo parecía por las voces que daba por teléfono), había tenido que adaptarlo todo de forma que pareciera que el monumento había sido así diseñado, envejeciendo la piedra, tallando el mismo motivo, imitando aristas y fugas, un buen trabajo.

Casi todos se conocían, así que mientras las mujeres ordenaban las tumbas, los niños correteábamos sin miedo entre las lápidas, recogíamos cristales, cuentas, piedras de colores de mármoles que servían luego para jugar en las aceras porque patinaban estupendamente.
La muerte no era algo que nos diera miedo, aún faltaba tiempo para que atacara cerca, así que esta fiesta resultaba un buen motivo de salida, una vacación más en mitad de un trimestre.

Hace ya tiempo que planté una especie crasa que sobrevive a todo lo vivible, y hace aún más tiempo que delegué las labores de recuerdo en J.I., que religiosamente acude a cuidar a su familia y la mía.

Así que hoy es un día lluvioso de Todos los Santos, como tantos muchos en este mes en este pueblo, y veo, mientras podo un arbusto en el balcón, y pongo manzana en el volador, a familiares comprar flores, ramos, plantas donde Ramona.
Todo sigue su curso y gira en la dirección correcta, las latas, las litronas, los restos de la fiesta de disfraces importada han sido barridos.
La calle es la de siempre un primero de noviembre gris.

25 octubre 2006

Equus


Antonio Puccio Pisano


En casa siempre hubo un caballo. No eran guapos, ni estilizados, eran caballos fuertes, marrones casi siempre, algo paticortos y con una gran barriga.
Llevaban el carro de la yerba, el de la boñiga, las panojas.
Algunas veces cambiaban el carro y ponían el carricoche, que era un chisme de dos ruedas, aventao y peligroso. Era una manía de Adelita, la cotilla de Adelita, eso de pasear en carricoche, y siempre que salían con el chisme pasaba algo, nada grave, pero lo suficientemente de asustar como para que mi tía dijera que nunca más...hasta la próxima.
Cuando iba a la cuadra a ver a los terneros, a ordeñar, a tumbarme en el altillo donde estaba la yerba siempre pasaba junto al caballo, el que fuera y le miraba fijo.
Era un tiempo en que en Bonanza el caballo de "hoss" le sacaba de unas arenas movedizas y ya de paso le llevaba a casa y no se tomaban algo porque no tenían cambios...así que yo miraba aquel equino y siempre me llevaba la misma desilusión. Rumiaba y rumiaba mirando fijo (¡!) el canalete de la yerba, o bien dormía tieso, cosa inquietante, o bien resoplaba soltando además unas mocarriadas asquerosas. Nada que ver con aquellos caballos blanquinegros americanos de raza tan apache como los indios que sacaban con pintarrajas.

A veces Don José me subía encima a dar unas vueltas tontas por la huerta, alguna que otra vez nos sacaba a los dos de paseo por "las paseras", pero yo me sentía incómoda allí arriba, con las piernas espatarradas sobre aquella tripa enorme y con los rebotes encima de aquella curva llena de vertebras, que me dejaba el rabin dolorido para andar en bici.

Una vez, estando en la romería del Saja, apareció Capi con su yegua.
Aquello fué como una revelación. Iba el allí, como los americanos, engallaba la yegua y la hacía patalear, brincar sobre sus patas y ya en el colmo del espectáculo fué galopando sobre ella, con su camisa blanca y sus vaqueros y la metió en el Saja, y entre espuma y gotas de agua fueron brincando sobre el río hasta la otra orilla.

Aprendí a montar, a ser feliz montando y me pasaron muchas cosas, supongo que ya se me han olvidado.

He recordado parte esta noche, al cruzarme con un elemento que fué cónsul en la Villa.
Decía que los caballos eran los bichos más idiotas de la creación (sic) y me extrañaba tal afirmación viniendo de un amante de los animales más tontos, como sus perros, por ejemplo.
Hasta que supe la razón.
Un día fuímos al picadero y mientras montaba, es decir, mientras hacía dar vueltas y vueltas al caballo en una pista mediana y bajo el ensordinamiento que salía por los altavoces (él lo llamaba música ambiental y era Mozart hecho cisco), un operario del lugar me dijo que cada vez que iba le tenían miedo, porque no sacaba el animal de las caballerizas salvo lo que le sacaban los empleados mientras limpiaban, y que encima cuando iba a montarlo le metía en la sala de doma con aquello y claro...miedo les daba.

Miedo a que se repitiera la situación: El caballo tiró al jinete y no contento con eso fué derecho a él y le mordió en el culo.

Tras los puntos, la verguenza y el resto de las tonterías que tuvo que contar para justificarse, había encontrado la razón para el mordisco: los equinos eran idiotas.

11 octubre 2006

Pescardos



Mi primera relación con los pescardos fue de muy cría, en una poza del Saja donde me sentó mi tata Pamen. Era una poza no muy grande que se hacía en un recoveco del puente primero, allí se podía dejar a los críos jugando con el agua en verano porque ni era profunda ni tenía corriente, por lo que además el agua estaba menos fría para aquellas carninas infantiles.
Estaba sentada, con un cubo rojo de metal que tenía pintadas unas sombrillas y un balón de colores. Metía piedras en el cubo para que no flotara cuando los vi, estaban a la altura de los dedos de mis piés, mirándome fijo.
Moví un dedo gordo y se movieron desganados hacia el hueco entre las piedras que comunicaba la poza con el río, pero al momento volvieron a mirarme. Un par de ellos, los más gordos, se pusieron a mordisquear mis dedos. Eso me hizo cosquillas y cuando me reí vino la tata y desaparecieron.

Tuve varias cañas. La primera me la hizo mi tío Agustín. Era gruesa, equilibrada, y no muy larga, fácil de mover y sin peso porque estaba hecha con caña hueca.
Con esa caña aprendí a pescar pescardos. Iba de pesca con Jóse, el hijo de Herminia, y nuestro sitio favorito era junto a las vías del tren camino del cementerio. Pescar con Jóse era a veces complicado, si en la zona donde me ponía yo picaban los pescardos, al minuto comparecía y ya el resto era estar desenredando la tanza hasta que harta me marchaba a otra poza y vuelta a empezar.
Usábamos la tanza que nos daban de sobras los mayores, así que igual lo mismo era para trucha que para lubina. Si tocaba gorda había que ponerle plomada para conseguir hundir el alfiler doblado en que enfilábamos las gusanas. Era un asco a veces cuando se caían los plomos sobre el cebo y lo metían en el barro y se arrastraba por el musgo y las porquerías del fondo.
Los pescardos eran entre verdes y marrones de unos cuatro centímetros. Eran peces que no servían para nada, ni para comer siquiera, salvo para pescar truchas grandes o salmones, pero para eso había que tenerlos vivos.
Para ello me hice una caña con una vara de avellano. Estuve mucho tiempo con una navajuca quitando la corteza, lijando raspando, quitando los nudos igualando, hasta que conseguí una caña que medía más o menos lo que yo entonces, ligera, zumbona y resistente.
Mi tío me dio un carrete de sedal fino y compré una cajina de anzuelos pequeños, de los de mosca del 12.

Fuí haciéndome con una buena cantidad de pescardos que iba metiendo en botes y en la bañera del baño de arriba, tendría unos cien, y unos doce o quince en cada bote, en una palangana tenía también cangrejos que entraban sin querer al cebo, y en varios botes de cristal más pequeños tenía zapateros que iba soltando luego cuando se hacían ranas.

Con los pescardos sacaba bastante dinero o al menos así me lo parecía entonces.
Luego podía comprar regaliz, bolas de chicle, y cajas de cerillas.

Me gustaba encender cerillas, y tirarlas viendo como chispeaban mientras caían, sentada en la tapia, un sitio al que accedía subiendo por el peral y arrastrándome sentada sobre la rama que se posaba medio partida sobre la pared que separaba la finca del espacio de terreno junto a la vía que pertenecía a RENFE.

Compraban los pescardos los que iban a salmones, al Nansa o al Asón.
El de la ferretería que vendía los anzuelos, cañas, escopetas y demás, avisaba a los críos para que les lleváramos cebos, y entonces empezaba la competición por las pozas. A mi eso me pillaba resabiada, yo pescaba los pescardos mucho antes y los metía en la bañera y los botes tan tranquila, y luego, cuando todos se pegaban por las pozas sólo tenía que llevarlos lustrosos en un bote con la tapa con agujeros o en un caldero, bien alimentados con las gusanas partidas que les iba echando, regordetes y medio tontos de puro cebones.
Estaba yo muy orgullosa de mi negocio y de mi caña, mi querida caña, hasta que por culpa de la ICAR la partí y con ella se partieron por la mitad mis elementales fundamentos religiosos.
Iba en bici, con la caña atada pegada a ella, la cestilla llena con el bote para pescardos, la merienda, las gusanas, varios palos de regaliz, otro aparejo y unos corchos y algo de plomada cuando según pasaba por la iglesia de Hontoria veo que tuerce el camino para entrar en el patio el nuevo cura del pueblo.
El nuevo cura llevaba poco tiempo, el anterior, muy querido decían todos, había muerto hacía poco explotado por dentro. Por lo visto casó cuatro bodas y dio cinco comuniones y se había ido a comer a todos los convites.
Por la noche Jobita le encontró sentado en el banco de la entrada de su casa con la boca abierta, muerto. Casi no pueden con él de lo gordo y relleno que estaba.

Pero a lo que iba, el nuevo cura llevaba las sotanas más lustrosas que yo había visto, brillaban de nuevas, no de resobe como las de Don Ramón, y le caían rectas revoloteando entre los piés sobre los zapatos haciendo un frú frú la tela que daba gusto oírla.

El cura entró en el patio, miró a todos lados, se levantó la sotana y al cabo de unos segundos escuché el chorro inconfundible rompiendo contra la pared de la iglesia.

No sólo no llevaba enaguas debajo, artículo de fe que hubiera defendido con mi vida, llevaba pantalones y lo que es peor: meaba.

Me caí de la bici, trisqué la caña, rompí el bote de pescardos, me rasqué otra vez la costra de la rodilla y tuve que dar la vuelta a trompicones para casa.

Afortunadamente Jóse había descubierto que meando dentro de los ojos de los nidos de grillos salían todos que se mataban y se les pillaba, atontados, sin problemas. Eso me reconcilió con la meada masculina y para los días en que Jóse estaba castigado (muchos) me hice un apaño, versión fémina, dando una nueva utilidad a los botes de pescardos.

También acabamos vendiendo grillos, pero esa es otra historia...

19 septiembre 2006

Ellas

Sirve la mesa con gesto hosco, no mira a la cara y si lo hace es retando, en busca del asombro o del desprecio.
Camina separando las piernas, como si fuera un vaquero de una vieja película en b/n. Los pasos son zancadas bruscas, los hombros alzados casi tapan el cuello.
Se mueve con agilidad tras la barra, y su servicio es eficaz. Silencioso.

Atiende la tienda entre su hermano y su madre. Es lenta, distraída. Sus manos son cuadradas, fuertes, escoge las verduras o las patatas removiendo los dedos eligiendo, y levanta luego la bolsa, pesada y rebosante, como si fuera un papel liviano por encima del mostrador. Cuando pasea a su perra, fuera del trabajo, apenas saluda, procura no encontrarse con nadie.

Sale siempre del fondo de la tienda, por una puerta alta y estrecha tras la que se adivinan cajas y telas en barullo.
Asiente a cada frase, pero da la impresión de que no escucha, por lo que al repetir la pregunta su gesto de molestia es previsible. Se mueve algo encorvada por detrás del largo mostrador repleto de cuentas, hilos y cajas con chinchetas de tapicería.
Busca resoplando cuando se agacha, y gime con cansancio cuando sube por la escalera de madera que corre sobre un rail paralelo a la enorme estantería que cubre toda la pared.
Chasquea la lengua cuando con fastidio relata los problemas para encontrar lo pedido, que probablemente estará entre las cajas aún no abiertas.
Cuando pasea con su hermana no saludan, van siempre con prisa mirando el suelo.


Es la que corta el pelo mientras su hermana da mechas o tiñe.
Hay siempre muchas mujeres mayores, de más de setenta. Ella escucha y calla, y cuando habla o contesta en lugar de gritar para hacerse entender a través de aparatos sin pila, acerca su cara a la oreja y explica lentamente lo que desea: pase a lavar, incline la cabeza...
El sobrino gordo, gafoso, carne de maltrato escolar, siempre acude a ella por propinas, pagas, o para encender el ordenador cabezón con manchas de tinte que siempre está apagado o definitivamente estropeado con los virus de los juegos.
La hermana se mueve con frecachonería, ella anda despacio, arrastando las altas y pesadas chanclas blancas de enfermera.
Salen tarde del trabajo, ya todo está cerrado, así que bajan al mercado que cierra a las nueve y compran con rapidez de colibrí, revoloteando por los pasillos con sus cestas para acabar deprisa.
Saludan, la hermana pega la hebra con la cajera, lugares comunes, siempre las mismas bromas. Ella, en silencio, enrojece a veces sin motivo. Para verlo hay que mirar mirando a otra parte.

18 mayo 2006

Color

Cuando vivía en un pueblo, de pequeña, miraba los colores de la tierra de otra manera.
Cualquier pequeño cambio, un matiz, significaba cosas importantes en mi vida. Tan importantes como que se acabaran las vacaciones.
Ahora he visto los colores de la tierra de Castilla en gamas de verdes. Es bello verlo, prefiero los cobres y las sanguinas para estas tierras, pero es bello.
Mientras pensaba en lo que los colores significaron para mi, tuve un golpe de pasado, una especie de regresión, que le llaman en las películas. Y sentí aquella sensación de miedo que me daba el colegio. Creía recordar aquellos años con tranquilidad, hasta con placer, y resulta, que pensando en colores y fechas he sentido pavor. Miedo a los exámenes, supongo. A la perpetua sensación de rendir cuentas.
Es bueno esto de ser mayor y ser libre. Mirándolo desde el lado aquel positivo: todo para bien, supongo que gracias a aquellos espantos ahora disfruto de mi libre albedrío como una vivencial.
Nictálope.