Ystad / SueciaSin apenas tiempo para escribir y con mi boina dolorosa puesta sólo me faltaba que ayer, recién escrita, una entrada se me borrase por un error. Mío, claro.
Así que la sola idea de volver a hablar de lo que se me había ocurrido me pudre. Me entra hasta sopor. Lo haré en otro momento si me acuerdo.
Los del clima siguen jugando a los dados. Dicen esto y aquello y es siempre lo contrario, con lo que me tienen harta. Calculo que si va a llover igual aguanto sin empastillarme ... y a las cuatro de la tarde con los ojos fuera de dolores y el cuello sonando a roña, desesperada, me tengo que meter todas de golpe para sobrevivir hasta que sea de noche.
Unas noches muy agradables, por cierto. Sin frío ni calor, sin turistas aún y con ruidos tranquilizadores.
Entonces, medio consciente por fin, aliviada y sin sueño es cuando me he estado cepillando la serie completa de Wallander.
Desde los primeros capítulos no emitidos en España, con ese actor (
Rolf Lassgård ) que al principio asombra y luego es como si le conocieras de toda la vida, hasta la serie que actualmente programa Calle 13.
En mis planes de huida del sol, había especulado con irme a vivir a Escocia, Irlanda o Suecia.
Descartado.
Tras la ingesta de la serie estoy convencida de que sería el último lugar que elegiría para residir más de una semana. Es tal la opresión, la soledad, la tristeza que transmite la serie que estoy convencida de que no es más que un reflejo absolutamente fiel de la realidad. No les ha costado lo más mínimo crear el clima.
Aficionada al género sé destilar la verdad entre los panoramas idílicos de las series inglesas, con situaciones en las que nunca trabaja nadie, siempre están haciendo reuniones elegantes y nadie va en utilitarios o en bus salvo que escapen del asesino.
Tras esa cortina de clase alta abúlica, aparece la verdad verdadera.
Las carreteras son así, (sobre todo de estrechas), las gentes tienen ese aire, las cortinas y los papeles pintados siguen exactamente iguales (siglos diseñando rosas), y las puertas, zócalos y ventanas son clavados y ajustan igual de mal que en las películas, por lo que se comprende que floten los visillos mientras corre la futura asesinada por el pasillo.
Y... finalmente detrás podemos ver las cocinas, los cuartos, los armarios, las tiendas, las gentes normales de clase media que forman el decorado más real.
En las series francesas (las actuales bastante pelmas por cierto) nunca falta el toque moderno de esos jovenzuelos gamberros haciendo de las suyas (o bailando y bebiendo en un bareto), de esos viejos jugando a la petanca o trasegándose una buena botella de vino, de esa madame cocinando conejo, amen de la inevitable escena en tasca, restaurante o comedero que acaba removiendo los jugos gástricos de envidia.
En la serie Wallander la realidad es de tal opresión que me he tenido que devorar, intercalados, ingentes capítulos de Verónica Mars para poder recuperar el resuello.
No se cuantas veces he comentado que me gusta conducir, bajo la lluvia, con nieve, con niebla.
Pues bien, un minuto de reloj de Wallander en un coche, por una vacía carretera, entre dos filas de árboles, con un desolado campo a cada lado y la niebla girando tras su rastro y se me quitan las ganas de recorrer estepa para los restos.
Las cocinas, ese campo de acción vital que tan bien maneja Woody Allen, son más que austeras inhóspitas, las salas, por llamarlo algo, son como el decorado más siniestro de los años cincuenta españoles, eskay, mesas de ángulos agresivos, librerías insoportablemente inútiles, cuadros infames, suelos, alfombras, sillas, todo resulta triste, gris, incómodo, pobre.
El personaje además es amante de la ópera y de la música clásica (así separado, sí) con lo que de fondo se pueden escuchar las arias más tristes (anoche le dejé con Cilea y el pastorcillo) o los lieder más melancólicos.
Terrible.
Me quedan bastantes capítulos de la serie que actualmente se está emitiendo.
Algunos ya los he visto. Este otro Wallander es menos inquietante. Sigue siendo igual de silencioso, de egoísta, de destemplado, pero es más bajito, menos gordo, menos vital, lo que hace que la sensación de amor-odio al personaje quede un poco aguada.
Ya veré cuando la termino.
Mientras tengo unos cuantos capítulos de "Damas de la novela negra", serie inglesa, que me tranquilizarán un poco. Lo necesito.
Relaja muchísimo ver gasas, cretonas, juegos de café, prendedores, sombreros, cosas así, mientras el malo de turno se pela a la cotilla o pelandrusca de clase media baja.
Qué paz!