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14 julio 2008

BIBA!!!



Suelo escribir muy deprisa, pero por mucho que corra no me queda tiempo para contar todas las cosas que me han pasado.
Respective de la mano y alifafes varios estoy mejor, casi bien...

Estoy viva.

Pero ahora lo único que me importa es mi iPhonin.
Estoy encantada y casi maniaca con el chirimbolo.

Aviso para navegantes, he cambiado de numero, era mejor hacer una cuenta nueva que traspasar el viejo.
En el buzón de voz que estará activo un tiempo está el nuevo.

BIBA!!!!

Me voy a comprar una funda y algún artilugio.
Cuando se me pase este vicio vuelvo.

23 junio 2008

Gatos

Gato / Mónica Ozámiz Fortis


Mi querido gato Leo se está muriendo.
Ha sido de golpe, así les comparece la vejez por lo visto.
Una insuficiencia renal y ya ese estado caído, abandonado más bien que le hace tumbarse por la casa con un aspecto terrible de consunción.
Cuando lo asumí, cuando vi que era el fin no pude con ello y me tiré un día entero llorando por los rincones, y sobre todo en la ducha. Lloro mucho yo en la ducha, me he dado cuenta. Se conoce que la caída de todas esas gotas me abre el caudal.

Ese mismo día, el de las lloreras, se cayó Cuqui, otro gato macho negro y asilvestrado que tengo, al patio.
Tengo jardineras en todas las ventanas del pasillo que dan a ese patio interior y este año con la humedad que hay está todo absolutamente repleto de plantas. No debió de calcular bien el salto y atravesó jardinera y balconcillo, una especie de verja de hierro pintada de blanco que sujeta plantas y siestas gatunas.

No noté nada, este gato y sus dos hermanos no son visibles ni sociables. Me refiero a que los recogí con la edad suficiente como para no ser domesticados y hoy en día el mayor progreso que he conseguido ha sido que se crucen conmigo en el largo pasillo sin dar un salto de pavor, o que coman de un plato que sostengo con el cuello estirado y el cuerpo dispuesto a salir corriendo. Así que no siendo presentes ni visibles, no se nota cuando falta uno.
Debía de llevar bastante rato abajo, buscando salidas, tanteando posibilidades, el caso es que cuando escuchó a los perros volver de su paseo nocturno se puso a gritar.
No es descriptible el tipo de grito. Era una especie de alarido masticado que ponía los pelos de punta.
Cuando localicé el origen y supe la razón, a parte de darme un vuelco el corazón y de llevarme un susto espantoso, bajé a toda velocidad a por el bicho. No tenía llaves, así que tuve que subir a casa de la del tercero a por ellas. Cuando conseguí abrir la puñetera puerta, vi a Cuqui subido en una ventana intentando trepar para volver a casa.
Volví a subir a por una escalera y baje por el bicho.
En cuanto le agarré supe que algo malo iba a pasar...y pasó. Se volvió hecho un tigre y me pegó un tarisco que me atravesó el dedo gordo, el índice y se tiró al suelo. Estuvo segundos. Cuando me bajé de la escalera retorcida de dolor ya estaba subido a otra ventana.
El Cuqui fue capturado con el famoso método de la manta o la colcha. Es decir, se busca algo con qué envolverle y se le cubre y cubre hasta que se convierte en un mondongo dentro de un burruño. Y luego, allí dentro, la pantera de turno se consuela haciendo unos ruidos parecidos a huiiiii, huiiiiii...como queriendo decir "se me esta poniendo una mala leche que cuando te pille te vas a enterar..."
Según se vio libre en la cocina, oteo a izquierda y derecha, bebió agua y se fue derecho a la caja de la persiana del lavadero. Donde se suelen meter (hay un hueco porque sale el tubo de salida de humos de la caldera de gas natural) cuando hay hostilidades. No estuvo mucho, media hora o así haciendo el huiiiii, y luego salió de nuevo, se paseó rumboso, y está tan pancho haciendo su vida de siempre. Jodío bicho.

Al día siguiente habíamos quedado en el Batzoki de Las Arenas unos cuantos por San Queremos.
Total, que según fue pasando el tiempo (ya fui con la mano vendada) se me fue poniendo peor y peor...hasta que acabé en urgencias.
Una cosa espantosa el tarisco gatuno. La mano como una bota, todo hinchado, rojinegro ardiendo...algo insoportable.
Me pusieron la antitetánica, antibióticos y una pomada asquerosa.
El resumen es que hoy lunes es el primer día que soy persona, o lo que sea.
He estado con tal fiebre que tiritaba, un dolor insoportable en la mano, a parte de la imposibilidad de hacer casi nada, ni siquiera podía dejarla caer, tenía que ponerla en cabestrillo porque hacia abajo el dolor ya era de gritar.

Sigue hinchada, no tan roja y duele algo, pero ya puedo soportarlo.
Y no tengo fiebre.
Viva la Amoxicilina!!!


06 junio 2008

Vidas

Balcones / Antoni Vives Fierro

La casa en la que vivo desde hace más de veinte años es de pocos vecinos.
Sólo hay dos puertas por piso y tiene cinco alturas, así que en total somos diez unidades familiares.
Me trato bastante con tres de ellas, una porque es casi un familiar, y las otras dos por afinidades varias basadas sobre todo en el interés por la casa en general.
Al principio la cosa no fue fácil. Para conseguir hacer reuniones de la comunidad opté por traerlos a todos a mi casa y que hubiera abundante vino.
Mano de santo, se pusieron de acuerdo enseguida y pude salirme con la mía en asuntos que eran imprescindibles; arreglar la escalera, poner un banco bonito en el portal, ceniceros en los pisos, luces nuevas, pintar y barnizar (la escalera es de roble y quedó estupendamente), y sobre todo colocar extintores en los entresuelos.
Como no había fondillo adelanté el dinero para todo, que me costó recuperar más de cuatro años, dí por buena la espera con tal de que la cosa quedara decente de una vez en lugar de aquel estado tirando a siniestro, que parecía cuando se entraba que ibas a que te echaran las cartas o algo esotérico similar.
Desde las primeras reuniones quedó todo meridianamente claro. Y al paso del tiempo lo único que ha cambiado de los distintos caracteres es el recipiente.
Allí quedaron declaradas las hostilidades del vecino del primero derecha, mi inmediato inferior, cuando al decidir que había que poner ceniceros (la del tercero era modista y enfrente hay un despacho de abogados con respectivos clientes fumadores) dijo indignado que él ya tenía ceniceros en su casa.
Aplastante argumento.

Pese a todo tuvo que tragar el acuerdo y la cosa no fue a mayores hasta que le tocó a él la administración. Entonces, sin encomendarse ni al espagueti volador, decidió no pagar el seguro de la antena ni el de los extintores, con lo que conseguimos al cabo de poco tiempo, y cuando el administrador era ya otro, tener que hacer una derrama sangrante porque una galerna se llevó la antena, amen de tener que recargar los extintores que apenas funcionaron cuando se puso a arder una furgoneta delante del portal.
Casi parejo al desprecio que me inspira por idiota, es el odio que me tiene por vivir.
No sólo no me saluda (en realidad no saluda a nadie) sino que acabo de enterarme que anda preguntando a todo quisque por mi vida, mis novios, mis costumbres y labores, con una dedicación e interés tan obsesivo que sería de preocupar, si no fuera porque es un canene que no tiene un mamporro. Puestos a lo peor le puedo poner en órbita con una mano.
Ahora recuerdo que la última vez que quiso decirme lo que tenía que hacer (es persistente en eso, lo que puedo o no puedo hacer) mientras yo bajaba y él subía por la escalera, mi respuesta fue peliculera a más no poder: "hoy no es un buen día, estoy especialmente cabreada, y usted no me ha visto cuando me cabreo, y que alguien me intente controlar me cabrea mucho y eso es sumamente peligroso".
Debí de poner tal cara de loca, porque en realidad se lo dije bajito, que subió que se mataba y se metió en casa con un portazo. Hasta hoy. Ni una palabra más.
No me sorprende que me vigile. De hecho una vez casi se vuelca por la ventana de lo que se esquiló para ver lo que estaba haciendo. Ahora bien, que ande por las tiendas preguntando y con ansias, además de parecerme una mariconada, llega ya a cotas de pedrada definitiva.
Bueno, pues muy bien, me alegro. Otro al soponcio. Hala!

Ya sabía que la de la tienda de modas de abajo estaba siempre inquieta, pero casi parecía un decorado común: tienda de modas con pocos clientes, dueña aburrida, divorciada y fea de cordones.
Ver desfilar alguna que otra pareja (indistintamente y sin solución de continuidad) y variados grupos humanos, amen de tener que escuchar las carcajadas por la ventana de la cocina debe de ser para intrigar un poco. Vale, admitamos cotilla como animal de compañía.
Lo malo es que las informaciones han ido siendo cada vez más inquietantes.
En este momento no saben a qué atenerse, y como las dos fuentes más fiables de información han estado desaparecidas, uno por trabajo y afanes varios, y otra porque no tiene ni idea ya que yo no suelto prenda (la del tercero) ha llegado el asunto a ser tan mosqueante que el informador oficial (el hijo del patatero) se ha visto forzado a preguntarme directamente.

La ingesta de pelis de detectives y el seguimiento de las artes de Rajoy, me ha hecho convertirme en una especie de gallega astuta motu proprio.
Así que no sólo no le contesté sino que encima le saqué el nombre del preguntón.

Hoy he leído que un vecino le había puesto una cámara mirona a una señora con una pinta de ser menos interesante de ver que un ciprino en una pecera.

Me ha consolado mucho, la verdad.

02 junio 2008

Voces

La diligencia / Josep Cusachs i Cusachs


Entre brumas del persistente dolor de cabeza instalado (empiezo a pensar que es de fumar a lo bestia) escucho en la radio cosas inconexas, moviendo el dial hasta que suena una voz de hombre, grave, algo tosca, de viejo rústico hablando de algo que sabe hacer bien, con sencillez.
No oigo lo que dice, me dejo mecer por esos armónicos, ese tono pastoso y muelle hasta que me adormezco.
Cuando despierto me sorprendo soñando con un viejo que vivía en mi pueblo. Asociación de timbres, supongo.

Ir de Arcachon a Palencia, cosa que casi todos los años hacía mi familia, y de la que yo intentaba escaquearme con enfermedades imaginarias, suponía tener que hacer tres o cuatro noches en el camino.
Ir de Bilbao a Cabezón de la Sal suponía sólo una parada, generalmente en Laredo, para comer, y varias horas de viaje por unas carreteras además de complicadas peligrosas.

Esas vidas de trashumancia a las que los hijos del coche nos acostumbramos, nos han hecho creer que el viajar es una cosa común, normal e incluso necesaria para todo el mundo.
En los tiempos en que yo era metida a la fuerza entre maletas, bultos, cesta del gato y peleaba con el perro por el sitio junto a la ventana, un viaje significaba para muchas familias el caos más absoluto. Y para la mayoría algo impensable.

El otro día me contaba un coralista que su madre nunca había salido más de 60Km de su pueblo. Sólo para ir a Santander al médico.

A mi me hubiera gustado eso. No salir nunca, vivir siempre en la misma casa, con los mismos ruidos, el mismo crujido en el escalón, el mismo relente en el pasillo, los olores de siempre.
Pero para eso había que tener mucho valor.
Veo las gentes que han conseguido sobrevivir en su pueblo, con sus amigos y vecinos de siempre y los envidio, y los temo.
Deben de ser excepcionales, fuertes hasta la coraza de hierro.
Poder superar la infancia, los motes, las crueldades, los chismes, la maledicencia, las quita honras, los despechados, sobrevivir, mantenerse, formar una familia y poder seguir allí, incrustados en el paisaje con figuras es toda una epopeya.

Creo que la mayoría de las gentes que viajan incansables tras el país sin sombra son pobres apátridas, niños asustados, rapaces tozudos a la busca de la realización del otro yo. De un yo cualquiera al que aferrarse.

Ya casi he conseguido mi sueño. Tras haber tenido que ser, por obligación, zíngara.
Sólo quiero moverme como mucho esos cincuenta kilómetros que me separan del trabajo.
Ni un viaje más.
Fiestas, cenas y meriendas, en casa.
Sin exagerar. Adaptando el ritmo al metabolismo.

El resto... Internet, compras, movimientos de cuentas, relaciones...
Teléfono escasas veces, y para ver humanos en movimiento con o sin guión: Satélite Digital.

Hablando de chismes...parece ser que Movistar saca el iPhone.
Me pido uno.

Que me lo manden por correo...

17 mayo 2008

Pelis

Ystad / Suecia

Sin apenas tiempo para escribir y con mi boina dolorosa puesta sólo me faltaba que ayer, recién escrita, una entrada se me borrase por un error. Mío, claro.
Así que la sola idea de volver a hablar de lo que se me había ocurrido me pudre. Me entra hasta sopor. Lo haré en otro momento si me acuerdo.

Los del clima siguen jugando a los dados. Dicen esto y aquello y es siempre lo contrario, con lo que me tienen harta. Calculo que si va a llover igual aguanto sin empastillarme ... y a las cuatro de la tarde con los ojos fuera de dolores y el cuello sonando a roña, desesperada, me tengo que meter todas de golpe para sobrevivir hasta que sea de noche.

Unas noches muy agradables, por cierto. Sin frío ni calor, sin turistas aún y con ruidos tranquilizadores.
Entonces, medio consciente por fin, aliviada y sin sueño es cuando me he estado cepillando la serie completa de Wallander.
Desde los primeros capítulos no emitidos en España, con ese actor (Rolf Lassgård ) que al principio asombra y luego es como si le conocieras de toda la vida, hasta la serie que actualmente programa Calle 13.

En mis planes de huida del sol, había especulado con irme a vivir a Escocia, Irlanda o Suecia.
Descartado.
Tras la ingesta de la serie estoy convencida de que sería el último lugar que elegiría para residir más de una semana. Es tal la opresión, la soledad, la tristeza que transmite la serie que estoy convencida de que no es más que un reflejo absolutamente fiel de la realidad. No les ha costado lo más mínimo crear el clima.
Aficionada al género sé destilar la verdad entre los panoramas idílicos de las series inglesas, con situaciones en las que nunca trabaja nadie, siempre están haciendo reuniones elegantes y nadie va en utilitarios o en bus salvo que escapen del asesino.
Tras esa cortina de clase alta abúlica, aparece la verdad verdadera.
Las carreteras son así, (sobre todo de estrechas), las gentes tienen ese aire, las cortinas y los papeles pintados siguen exactamente iguales (siglos diseñando rosas), y las puertas, zócalos y ventanas son clavados y ajustan igual de mal que en las películas, por lo que se comprende que floten los visillos mientras corre la futura asesinada por el pasillo.
Y... finalmente detrás podemos ver las cocinas, los cuartos, los armarios, las tiendas, las gentes normales de clase media que forman el decorado más real.

En las series francesas (las actuales bastante pelmas por cierto) nunca falta el toque moderno de esos jovenzuelos gamberros haciendo de las suyas (o bailando y bebiendo en un bareto), de esos viejos jugando a la petanca o trasegándose una buena botella de vino, de esa madame cocinando conejo, amen de la inevitable escena en tasca, restaurante o comedero que acaba removiendo los jugos gástricos de envidia.

En la serie Wallander la realidad es de tal opresión que me he tenido que devorar, intercalados, ingentes capítulos de Verónica Mars para poder recuperar el resuello.
No se cuantas veces he comentado que me gusta conducir, bajo la lluvia, con nieve, con niebla.
Pues bien, un minuto de reloj de Wallander en un coche, por una vacía carretera, entre dos filas de árboles, con un desolado campo a cada lado y la niebla girando tras su rastro y se me quitan las ganas de recorrer estepa para los restos.
Las cocinas, ese campo de acción vital que tan bien maneja Woody Allen, son más que austeras inhóspitas, las salas, por llamarlo algo, son como el decorado más siniestro de los años cincuenta españoles, eskay, mesas de ángulos agresivos, librerías insoportablemente inútiles, cuadros infames, suelos, alfombras, sillas, todo resulta triste, gris, incómodo, pobre.
El personaje además es amante de la ópera y de la música clásica (así separado, sí) con lo que de fondo se pueden escuchar las arias más tristes (anoche le dejé con Cilea y el pastorcillo) o los lieder más melancólicos.
Terrible.

Me quedan bastantes capítulos de la serie que actualmente se está emitiendo.
Algunos ya los he visto. Este otro Wallander es menos inquietante. Sigue siendo igual de silencioso, de egoísta, de destemplado, pero es más bajito, menos gordo, menos vital, lo que hace que la sensación de amor-odio al personaje quede un poco aguada.
Ya veré cuando la termino.
Mientras tengo unos cuantos capítulos de "Damas de la novela negra", serie inglesa, que me tranquilizarán un poco. Lo necesito.

Relaja muchísimo ver gasas, cretonas, juegos de café, prendedores, sombreros, cosas así, mientras el malo de turno se pela a la cotilla o pelandrusca de clase media baja.
Qué paz!

11 mayo 2008

Intendencias

Mujer limpiando un patio / Rafael Romero Barros



Como todo lo que pone en los prospectos resulta sumamente inquietante prefiero consultar Google.
Ahí ya la cosa hasta emociona. Resulta que los que se inflan a Ibuprofeno regularmente no tienen, o tienen menos que igual es más exacto, Alhzeimer.
Bueno, tranquilidad, me voy a poder seguir acordando de todas las imbecilidades que he hecho.
Y me entero de paso que los que tienen el culo gordo tampoco tienen diabetes.
La defecons. Hay que darle candela y ponerse al día.
Y los que tomamos cafeína también resulta que estamos de enhorabuena, han comprobado que es estupenda contra desmemorias y colesteroles.
Ahora ya sólo falta que nos digan que fumar es bueno para la pituitaria, un suponer, y ya será esto un sindios médico.

Me levanto cada día con un dolor instalado, que se ha quedado a vivir. Sólo un día y medio que estuvo lloviendo a cantaros pude prescindir del cuarteto de pastillas que me meto.

Afortunadamente ha coincidido con que J.L. tenía unos conciertos de otras músicas y no he tenido que ir al coro. Cada sonido es como un pincho hierruno que se me clava en el oído. Y si me entra por el izquierdo ya es el colmo. Sensurround acuoso.

Ayer en el colmo del cansancio tuve que ir a un par de centros (soportable) comerciales. Primero a por helado de Lidl. Vi con sorpresa que ya están los polos esos que son como sorbetes de limón y naranja. Genial.
El rumano inquietante no estaba. Supongo que ya tendrá una segunda residencia para los fines de semana. Cuantísimo le odio...
Luego fui a por un ladrón para el teléfono, harina para hacer pan, y comida de pipis.
Rendida absolutamente, con la cabeza a punto de estallar fui al bar de las mujeres agradables a por una coca cola.
Estaban cerrando pero me dejaron pasar.

Me sirvió la bebida y casi me lo tomé de un golpe mientras buscaba el tabaco y el dinero para fumar y pagar todo a la vez.
"No tengas prisa" me dijo, "aún tardamos un rato, fuma tranquila, faltaría más...".
Y me tocó con afecto el brazo.

Yo no soy nada tocona, la verdad, soy más bien cardo. No me gustan los sobes, ni los besos, ni los espachurres. En realidad la cosa no viene sólo de que sea asocial (que creo que lo soy) sino de que no me lo creo. Todos los que se te lanzan y te abrazan y te dan afectos incondicionales son luego los que se matan entre ellos por pillar la puerta cuando les necesitas, así que siempre he preferido las muestras distanciadas de afecto, o las lealtades silenciosas.

Ayer, rendida, con dolor de cabeza, con mi cansancio perpetuo a punto de rebose, con mi aspecto que seguro dejaba ver todo ello, le di pena a una mesonera.
Me tocó el brazo y estuve a punto de echarme a llorar.

Cuando llego a estas cotas de flojera es que la cosa física está chunga.
Mi receta casera siempre es la misma; soledad, silencio, no tomarme en serio y hacer limpieza general.

Este año necesito un container.

28 abril 2008

Gala

El Jaleo / John Singer Sargent


Cuando era una niña me llevaba mi madre a los conciertos y al teatro.
Era como un ritual, vestirse, prepararse, hablar un rato de la obra que íbamos a ver, cosas así.
Había una ley que dejaba a los niños entrar en sitios para mayores bajo responsabilidad de sus progenitores, no sé si seguirá vigente.
El caso es que gracias a esa voluntad férrea que hacía de mi madre una especie de panzer, pude ir a conciertos, el teatro, e incluso a ver películas de James Bond.
Los conciertos me gustaban, me interesaba sobre todo ver cómo se sentaban y escuchar el protocolo de afinar. Luego dependía del autor que me aburriera o no.
En cualquier caso nadie se daba cuenta. Era una nena muy bien educada y ni un sólo gesto hacía notar mi desinterés.
El teatro me gustaba mucho, más que nada porque salían actores que también veía en la tele y eso les daba un plus de atención en mi mentalidad pedestre. Muchas veces no entendía nada, pero sí lo suficiente como para cogerle un odio visceral a tal o cual personaje y luego no poder soportar al actor de por vida.
Entonces los estrenos de las obras se hacían en San Sebastián, así que toda la cartelera madrileña pasaba por el Victoria Eugenia y por mis asombrados ojos.
Era el final del verano.

Previamente era el Festival de Santander el que iniciaba el periplo.
Allí, lo digo con toda propiedad, aprendí a odiar el ballet y el flamenco con todas las fuerzas de mi incipiente gusto infantil.
Vi obras monumentales, bailarines imponentes, coreografías que han pasado a la historia, y como resumen de todo sólo me queda una especie de desprecio visceral (inexplicable) hacia todo lo relacionado con esa gimnasia torturante hecha mariconada que es el ballet, hacia ese esfuerzo sobrehumano de los bailarines para parecer alados, flotantes, livianos...en contra de toda lógica habida cuenta del peso testicular que todos deben de tener de nacimiento (a no ser que se metan rollos El Elefante, como Elvis) y repugnancia hacia esas figuras asexuadas, sin formas, con osamentas repulsivas, de cuellos vertebrados y gestos rígidos al borde de la histeria. Sólo puedo comparar la repugnancia que me producen con otra similar (aquí tengo más tendencia a la risa que al asco) que tengo cuando veo las caras expresivas de ansiedad y neurastenia que ponen los miembros de los coros de ópera.

También aprendí a odiar tiernamente el flamenco. Empezó la cosa gracias a Antonio, el bailarín, que a pesar de que hacía unas coreografías divertidísimas y sacaba un vestuario triscante no paraba de bailar siempre lo mismo, acabando con unos zapateados que literalmente me destrozaban los nervios. Tal era el mimetismo con la cosa que se me iban hinchando los pies y me dolían las plantas como si hubiera estado yo de pataleta.
Una vez incluso me descalcé unas sandalias plateadas monísimas, y fui andando hasta el coche de mi tío por una acera asombrosamente limpia tras una lluvia veraniega típica.
Qué fresquito, qué paz...
Pero lo peor de todo no era Antonio o la pelma insufrible de Lucero Tena con sus castañuelas y meneos por el borde del escenario. Lo peor era cuando les daba por el cante jondo con orquesta. Y lo más peor cuando además el cantaor, como en algunos casos pasaba, venía a la casa de mi familia a vivir...y ensayar.
Mi madre, que además de panzer era muy tolerante, asistía encantada a todo aquello que ella misma había provocado. Reconozco que a veces la cosa no estaba mal, sobre todo si pillaban un buen pedalier y contaban anécdotas desternillantes, pero cuando lo que se escuchaba desde arriba era aquel ensayo una y otra vez (con piano) de las canciones de Falla, del Amor Brujo y cosas así, venga candela, y otra y otra y otra, el odio ya no necesita justificación.
No hay nada comparable, ni la más demente de las alumnas soprano que se pueda tener lo iguala. Que ya es decir.

Luego el tiempo ha hecho un puré con todo ello y ahora es el día en que reacciono como un resorte ante cosas asociadas y casi no tengo que pararme a pensar la razón de la urticaria.

Exhibicionismo, chulería rumbera, ruido, gritos, gestos exagerados, volumen hasta la distorsión, actitudes prepotentes en el escenario, mariconerías artísticas, fingimientos (de sufrires, de congojas), todas estas cosas me dan el mismo asco, igualico que si escucho a alguien potando en un avión o tras una puerta.
Mi reacción, automática, es intentar buscar un frasco de colonia que suelo llevar en el bolso (para olerlo yo, naturalmente) y salir corriendo.

La cosa agresiva ya me sale cuando me lo quieren argumentar.
Mejor no intentarlo, aconsejo.

15 abril 2008

Palabras

La construcción de la Torre de Babel / Pieter Brueghel el Viejo

Hablo por teléfono comentando lo difícil que resulta a veces comunicarse hablando.
Hablando medianamente bien.

El diccionario de uso recolecta palabros y palabras alteradas por el abuso.
En su momento hubo guasa entre los pocos que van quedando con conocimientos de griego, viejos bachilleres, con la aceptación de las palabras siquiatra y sicólogo.
Sin esa ps herencia de la ψ (psi) transformaban el estudio del alma (Psykhē-ψυχή) en el estudio del higo (sikón-συκον).
Igual resulta que finalmente era la etimología más correcta.

En cambio con septiembre la cosa no tiene apaño. Desaparece el sept se séptimo y se ventila el asunto y a otra cosa.

No soy yo la más indicada para dictar normas e incluso protestar por el descalabro del idioma.
Me invento palabras desde hace muchos años, es sin querer, una memez que tengo y me sale sin pensar. A tal punto llega la cosa que me tengo que contener y a veces justificar cuando me brotan las tonterías dando clase. Ya se han acostumbrado, o peor, se las apropincuan y las repiten tan panchos.

Hoy me han pasado un nota y he creído haber sufrido una translación espacio tiempo.
No entendía nada, pero nada de nada.
Recapitulando y pensando en los móviles he ido traduciendo la cosa mirando el mío, así veía lo que había querido poner el autor, solo que cambiando uves y jotas y añadiendo puntos.
Al final la cosa era una tontería, descifrando la primera frase lo demás era deducible, pero durante unos segundos me ha dejado estupefacta.

No protesto. Me aguanto.
Y vengo aquí a modo de constatación de un hecho.
Creo que dentro de poco ya no me llamará la atención.
Momento en que igual releo esto y me da la risa.

10 abril 2008

Sed libera nos a malo...


La arenas del olvido / Guillermo P. Villalta


El nuevo (es un decir, hace un siglo de esto) Padre Nuestro acaba ahí.
Amen, dicen.

El muy viejo y remozado para mejor diegestión decía:
Ab ómnibus malis, prætéritis, pæséntibus et futúris.

Los viejos pecados tienen largas sombras, los males pasados a veces son tanto o más dolorosos que los presentes, ¿a quién le importan los futuros cuando se puede rebozar en dolores ya eternos?

Aquí la Iglesia, vieja, sabia, ladina, contempla la memoria del dolor pasado recibido o infligido como un mal, un peligroso mal del que librarse.

La memoria selectiva que nos hace pensar que aquella sopa de Avecrem de niños era la panacea del gourmet, o que todo tiempo pasado fue mejor, se lleva en el kit muchos recuerdos más.
Lo malo se olvida, sí, pero en el mismo paquete se olvida el procedimiento, el protocolo de la maldad.

Es sumamente peligroso.
Por eso, los que tenemos memoria nos vemos obligados a rigurosas selecciones de recuerdos para poder sobrevivir.

Dejo para los hipócritas practicantes perpetuos del mal, generalmente producto del más obsceno egoísmo, la facultad que les es inherente; el perdón.
Eso que tanto les gusta hacer y ejercer que lo esparcen cual hisopo contra sus damnificados.
El perdón sólo complace al que lo otorga, es el último recurso indecente del ególatra, su traca final.

Los que tenemos memoria solemos ser meticulosos.
Ordenamos, colocamos, desechamos, olvidamos lo elemental (caras, voces, gestos)...y en lugar de perdonar (inversión interesada en futurible perdón divino -es un quid pro quo patético- de los que creen en el maspallá); despreciamos e ignoramos.

Vigilando: ab ómnibus malis, prætéritis, pæséntibus et futúris.

08 abril 2008

Bus Stop


El viejo autobús / Nicanor Piñole


Tengo que preparar unas charlas (lo de conferencias me suena a demasiado) sobre música, concretamente sobre la voz. Rebuscando documentación entre libros y papelotes me he encontrado con cosas que escribía, en soporte celulosa con algún querido Pilot, hace años.
Dejando de lado que la temática de lo escrito pecaba de una ingenuidad cercana a lo ridículo, me ha impresionado la sensación de apasionamiento que destilaba todo.
Lejos de enternecerme, como habría hecho con cualquier otra lectura similar, sentí un miedo cerval ante aquella manifestación de hormonas, pasión y locura desbocada.
Como decían en el tercer acto de todas las comedias de A.Paso (alguien saliendo de un armario, casi siempre en calzoncillos) "ahora lo comprendo todo".

Mi reciente cumpleaños, aún sin celebrar (lo que me recuerda que tengo que hacer unas cuantas llamadas), me coloca en una situación de perspectiva tranquilizadora.
Leía el otro día en algún suplemento sobre la facultad de los humanos para aparcar el dolor (compasión?), o subir el listón. Me parece que tal asunto asociado a la posibilidad de hacer el mal puede ser peligroso para terceros; así lo describían relacionado con torturadores y criminales de guerra.
Pero tal facultad asociada a la elemental supervivencia es imprescindible, sobre todo a partir de cierta edad en la que aparcar las pasiones y la ira puede dejar en una cierta indefensión a cualquier animal social, por astuto y coriáceo que se tenga.

Entre viajes, cenas, ensayos y reuniones he ido asimilando lo mejor y lo peor.
Lo mejor como siempre la capacidad de creación, de ilusión, y el mundo de los afectos.
Esa sensación muelle, de cama limpia, que da poder estar a gusto con un amigo. Confianza.
Lo peor: ver la ambición, la necesidad de figurar siempre unida a la absoluta incapacidad, la venganza unida al despecho (algo temible), la demencia del ego patológico, la negación; esa negación pétrea que ubica y recoloca vidas e ideologías.

Más de nueve horas en bus han conseguido dejarme en un estado deplorable.
Mi famosa facultad para dormirme en cualquier parte me jugó una mala pasada.
Por lo visto el cuerpo intenta sujetar el coco así que nos encontremos en estado alfa, lo que ha dado como resultado que tengo todos los músculos del cuello de acero inoxidable.
Debería ir a algún sitio a que me amasaran y adobaran como un lomo de cerdo, pero la cosa no me resulta nada sugerente.
Así como me gusta que mi anexo me rasque o resobe la paletilla (tengo el omóplato izquierdo de un autónomo que sólo le falta hablar), la posibilidad de que una o un ignoto me ande hurgando y toqueteando me inquieta bastante.
Propiamente me da grima.

Me he vuelto de un celoso de mi intimidad y espacio que roza lo preocupante.
El otro día le rogué a una señora que no me colocara su cabeza en mi hombro para ver que tal estaban las fresas situadas a mi izquierda, lo que provocó que me miraran fijo el resto de los parroquianos. Me fui.
La idea de desnudarme y ponerme en manos de un humano resobón me produce ictericia.
Igual puedo solucionar lo de los músculos revolcándome bien por el suelo, como hacen mis perros que tienen luego un aspecto de felicidad envidiable. Lo probaré.

Mientras escribo entra un sol inquietante entre las venecianas de la cocina.
Se me ocurren dos posibilidades: arreglar las plantas y balcones, o bajar las persianas y seguir con lo mío.
Va a ser lo segundo.
La vida vegetal se las apaña. Puede esperar...

03 abril 2008

Mikel Orrantia




Queridos todos, si aún sigue alguien por aquí tras mi estado semi perpetuo de vagancia supina.
Quiero participar una invitación a visitar la casa de Orrantia.

Es una pena que sea sólo la virtual, la real es un hogar de los de quedarse a vivir en una zona bellísima de Vizcaya; Forua.

A lo que iba, ya le tengo enlazado hace tiempo, pero no es lo mismo...

Mikel es muchas cosas, lo cuenta él en su presentación, para mi es la imagen del último romántico aventurero.
Es novato en esto de Internet, y anda un poco descolocado en lo de blogos y demás.
Os agradecería que le hicierais una visituca, y comentarais lo que os parezca.
No sabe, afortunadamente, que para tener amigos blogeros hay que andar por ahí de ronda...y creo que con su morral, bien puede recibir una buena acogida sólo porque sí.

Merece buen trato.
Es una buena persona.

28 febrero 2008

San Queremus






Traducción de Acta Suspectissimorum Sanctorum CXXIX, 1726

SAN QUEREMOS, o QUEREMUS, Confesor



S
on escasos los datos biográficos de este santo, al parecer originario de Armenia, que floreció en la primera mitad del siglo VII. Su propio nombre es origen de disputa. Hay quien lo atribuye a su costumbre de pedir (quaerere) dinero para auxiliar a los taberneros y posaderos menesterosos, otros lo suponen originario de la antigua ciudad de Ker’em, en Anatolia, y no falta quien lo relacione con el conocido himno gregoriano Omnes queremus plus. Sea de ello lo que fuere, parece que este santo varón dedicó su vida a alegrar la de los demás, dando de comer al hambriento, y de beber al sediento, sin olvidar que la caridad bien entendida comienza por uno mismo. En estas y otras obras de misericordia, como el consolar a viudas jóvenes, pasó San Queremos su existencia terrenal. Entre sus numerosos milagros se cuentan la conversión de vino en agua, y la famosa desaparición de los panes y los peces. Fue canonizado en 826 por el papa San Pigricio. Su fiesta presenta la particularidad litúrgica de ser la única fiesta móvil dedicada a un santo, pudiéndose celebrar cualquier día del año, excepto en domingo. Es el santo patrono de los after-hours, y se le representa con un matasuegras en su mano derecha.

ORACIÓN A SAN QUEREMOS

¡Oh glorioso San Queremos! Con tu ejemplo y con tu vida derramas la alegría en los corazones de tus fieles, y destruyes las tinieblas de la noche con las luces de neón y los rayos laser. Haz que por tu intercesión y ayuda podamos seguir siempre tus caminos, y hacer que la realidad coincida siempre con nuestros deseos, y viceversa. Por los siglos de los siglos. Amén.


(El papa San Pigricio
concedió 100 días de indulgencia
cada vez que se rezare esta oración,
con las condiciones acostumbradas)


San Queremos, o Queremus, Confesor








20 febrero 2008

Sidra






Tras un fin de semana dedicado a estudiar y sonarme los mocos recibí la llamada como un bálsamo.
Salía del ensayo en Santander y mientras enfilaba la carretera junto a Piquío quedamos en quedar. Un plan estupendo.
Viaje a Donosti, cena en sidrería.
El sitio es magnífico. Ese grupo que se vislumbra al fondo formaba parte del ritual de la "peregrinación".
Se come de pié en las mesas, (esos manjares, tortilla de bacalao, chorizo, chuletón), y se va de vez en cuando a la bodega con el vaso. 
Así en fila, sin desperdiciar el chorro.




En fin, que espero repetir la sesión antes de que termine la temporada.
Hacía más de diez años que no iba a una.
Acabamos de llegar y estoy como nueva.

Hablando de bebidas. El viernes M. y su grupo "Gin Tonic" tocan en Las Arenas.
Aviso para navegantes de la zona.
Habrá que ir de cenorra...hemos venido a este mundo a padecer...


15 febrero 2008

Chinoise


Vol de grues au-dessus du palais / Hui-Zong



Pensaba que después de hacer la caminata con los perros, y las clases y demás iba a estar rendida.
Al menos eso presagiaba cuando me levanté.
Pero no. Ahora estoy dispuesta a la intendencia más furiosa. Y asquerosa. Limpiar vidas animales es lo que tiene.

Es un día de un sol engañador, cuando hemos estado de charla en la terraza de mi calle había que echarse algo por los hombros. Daba gusto.
Un día agradable, con la gente justa, los del pueblo con un poco de tiempo que perder.

Cuando volvía con las bolsas y bultos de la compra, hace un momento, he tenido que dar un frenazo que me ha tirado todo dentro del coche.
Plantada delante y luego apoyada en el capó estaba una chica china, vestida de negro, con unos tacones imposibles y un bolso diminuto colgando del codo.
Pensé que se sujetaba por el susto, pero no. Estaba absolutamente beoda, como hacía tiempo que no he visto. Y eso que veo botellones cada fin de semana.
Me he bajado del coche y la he sentado en un banco de la placita.
Pesaba como si llevara un luchador de sumo.
Ha intentado decir algo, pero entre su estado y que hablaba en chino no he podido entender absolutamente nada.
He metido el coche en el garaje y he subido la cuesta con algo de inquietud, no sabía si iba a seguir allí. Estaba. Recostada contra uno de los brazos del banco a punto de dormirse.

Justo en ese momento han abierto la tienda de colchones, así que he dejado las bolsas dentro y he ido al bar de la esquina.
Le he llevado un pastel de arroz (me parecía la mar de chino) y un café con leche que ha devorado en segundos con su boca pequeña, minúscula, pintada de un rojo brillante.
Me ha mirado un rato largo, como para decirme algo, y finalmente se ha levantado algo más firme que antes y se ha ido.
He estado un rato mirando sus andares y creo que habrá llegado a alguna parte.
Probablemente al chino que hay un poco más arriba.

Es muy curiosa la forma china de estar borracho. Tenía una gran dignidad y sobre todo una delicada elegancia.

Hablando de elegancia...la grija gatuna espera.

14 febrero 2008

San Valentín


Pareja de enamorados / Santo Domingo de Silos. Pintura del Alfarje del Claustro.



De todos los jolgorios consumistas, probablemente sea la fiesta de hoy la más inquietante.
No hay cosa más peligrosa que alguien convencido de que necesita estar enamorado para vivir.

Ni hay estado peor. Afortunadamente dura poco.

Si no fuera por el poderío hormonal, si el cerebro prevaleciera sobre el barullo de las emociones no había fondo en la SS ni para la provincia de Palencia (un decir).

Yo me alegro mucho, por la parte que me toca, de que la gente se siga enamorando, casando, procreando, cotizando y pagando a hacienda para los restos.
Por eso celebro este día con cierto regocijo.



Amor, s. Insania temporaria curable mediante el matrimonio, o alejando al paciente de las influencias bajo las cuales ha contraído el mal. Esta enfermedad, como las caries y muchas otras, sólo se expande entre las razas civilizadas que viven en condiciones artificiales; las naciones bárbaras, que respiran el aire puro y comen alimentos sencillos, son inmunes a su devastación. A veces es fatal, aunque más frecuentemente para el médico que para el enfermo.

Matrimonio, s. Condición o estado de una comunidad formada por un amo, un ama y dos esclavos, todos los cuales suman dos.

Diccionario del Diablo
Ambrose Bierce

13 febrero 2008

Sol


Luz del sol en el segundo piso / Edward Hopper



Hoy podría escribir unas cosas muy tristes, según me diera.
Podría, tengo para elegir.
O podría poner muchos puntos y aparte y contar algo de toda la vida que me rodea, algo peculiar o divertido.

Pero hace sol.

Así que lo más que puedo hacer con este viento sur y toda esa luz es estornudar y tragar metamizoles por etapas.

Y esperar otro día mejor...

11 febrero 2008

Andorga


Banquete nupcial / Pieter Brueghel el Viejo


Cada vez llevo peor eso de comer fuera.
O cenar, da lo mismo.
Me he hecho a una rutina alimentaria, a veces deficitaria absolutamente, lo sé, que en cuanto me sacan de ella como no tire de Almax no sobrevivo.
El viernes me pasé un Congo comiendo costillas.
Si sólo fuera eso, pero no, primero me inflé a todo lo que pude apañar de la mesa enorme.
En otro tiempo hubiera digerido el doble perfectamente con unos buenos tragos de vino (que según decían era estupendo) y así, bien macerado todo, el proceso hubiera sido liviano.
Ahora no. Cualquiera se pone al volante con la duda de si vas hecho un positif. Yo no, desde luego. Así que me pasé la noche mirando fijo, medio sentada en la cama, con la sensación de que iba a levitar como Santa Teresa...pero por razones algo más prosaicas.

Y al día siguiente otra vez. Que no es cena, que es sólo picar...
La una de la mañana y otra vez la hormigonera hecha cisco sin líquido para hacer masa.

Como consecuencia me estoy ahogando del agua que bebo desde hace dos días.
Y de nuevo me dan las uvas sentada en la cama, a ver si así al menos respiro.

Naturalmente eso me pone en un estado medio dormida, medio grogui, que me tiene mosca.
No recuerdo a lo que voy, me da pereza hacer cualquier movimiento, y no digo nada si lo que tengo que hacer (que tengo) es estudiar. Entonces sí que inmediatamente me entra una tontería que me duermo entera y no paro de bostezar.

Y me acabo de dar cuenta de que hoy es lunes.

07 febrero 2008

Fuego

Campesina sentada al fogón / Vincent Van Gogh



En invierno, tapada hasta las cejas, dejando pasar el tiempo sin querer salir al frío, escuchaba el ruido del hierro de la cocina, la pala echando carbón, los aros de hierro encajando.
Luego poco a poco toda la casa se iba calentando lo suficiente como para poder vestirse y desayunar.

Me gustaba mucho ver encender las velas en la iglesia. Iban con una vara que hacía de mecha, una por una y yo apostaba la que no se iba a dejar. Acertaba muchas veces.
Luego el humo del pabilo bajaba haciendo serpentinas y olía a una mezcla entre vela e incienso, tanto que a veces mareaba.

Mi tío me regaló un chisquero. Tenía una mecha larga amarilla, hecha un nudo. Yo le daba a la rueda aquella, áspera, hiriente que se atascaba contra la piedra y me iba haciendo un surco en la piel enrojecido hasta sangrar.

Robaba cajas de cerillas en la cocina. Era difícil porque las tenían contadas, así que ponía cosas debajo para que no se viera el hueco.
Las cerillas eran moradas o verdes, y tenían la cabeza blanca. Me subía en la tapia, en la parte de atrás, y encendía y tiraba y miraba aquel fuego volando hipnotizada, como si fueran cometas que iba yo lanzando endiosada.

Las parejas en la playa, justo cuando nosotros recogíamos las sombrillas y las cestas, bajaban y colocaban palos, maderos pequeños y periódicos para hacer una fogata.
Desde el coche miraba el fuego a lo lejos, cada vez más potente según iba siendo más de noche, hasta que torcíamos la curva y desaparecía la luz.

En la salamandra de la cocina apenas si se veía el fuego. Sólo cuando abría el tiro por exceso de calor aparecían las llamas entre los ojos de aquella mirilla en forma de molinete.

Cuando se prendió el papel que había puesto para que no saltara la grasa de las chuletillas, apenas tuve tiempo de retirar todo lo que había alrededor. En un segundo las llamas quemaron todo lo que tenían cerca, papeles, trapos de cocina, creando una nieve negra que empezó a flotar y luego caer mansamente dejando copos de todos los tamaños y una especie de ceniza minúscula.

Tapé la sartén, y todo acabó tan rápido como había empezado.

05 febrero 2008

Rallentando

Babuchas / Claudio Bravo


Una de las muchas locuras que nos permite seguir viviendo es no darnos cuenta de la fragilidad de las cosas.
Empiezo a reconocer en mi esa semilla comodona del "que me quede como estoy" y no me quejo, hasta me tranquiliza haber bajado algo mi capacidad o necesidad de riesgo.

La otra noche vine conduciendo, muy tarde tras una reunión algo tensa, sin pasar de cien.
Los cigarros y la música fueron un placer, como ya conté, pero incluso el conducir despacio para lo que acostumbro me pareció agradable.
Debe de ser la edad...

Todo ese edificio de palillos tensos puede saltar y hasta pinchar a nada que haces un movimiento en falso. Y a veces hasta estando inmóvil estallan de tensión propia.

Un amigo me cuenta que está cada vez mejor con su propia.
Igual esperaba que yo lo considerase una tontería, o que bajo mi perspectiva de soltera recalcitrante, de solitaria persistente le hablara de las excelencias del individualismo procedimental.
Nada más lejos.
La soledad reconfortante lo es para el que le gusta, no para todos. Muchos se piensan que son solitarios en potencia porque les molestan los ruidos de sus hijos o el televisor.
No puede haber nada mejor ni más recomendable que poder estar tranquilo con quien quieres y te quiera, esa vieja compañía de años y años que conoce todos tus entresijos, ese estar como con zapatillas usadas. Laxitud.
Ojalá siga así y no cambie.

Dicho todo ello desde el mismo centro del huracán.
Por tres caminos vía amistad me llega conocimiento de padecimientos por culpa de cerebros gruyere, querulantes y tontos de libro.
Menos mal que son casos distintos y que nunca se mezclarán, que si no...BUM!

04 febrero 2008

Souvenir




Me habían regalado el disco hacía poco tiempo, así que me llevé un pequeño cassette con auriculares para escucharlo.
Todo empezó en Torrevieja, donde fuimos cantando con el coro que por cierto ganó no sé qué premio.
Subimos en el ascensor a las habitaciones.
Yo me bajé la penúltima en el cuarto piso y las puertas se cerraron tras de mi.
Antes de que comenzara a caminar se volvieron a abrir, me apretó con fuerza entre unos brazos que me parecieron curiosamente fuertes ya que aparentaba delgaducho, y me besó.
Sólo había sentido algo así cuando me besó Julio, un chico alto y bastante raro, con pinta de baloncestista ido. Curiosamente lo que iba a ser un estúpido beso de despedida se transformó en una experiencia singular, me temblaban las piernas, apenas podía respirar y sentía que iba a desmayarme de mareo, de pasión, de deseo.
En Torrevieja me pasó lo mismo. Habían pasado varios novios, ligues, amigos...sin dejar huella y de nuevo estaba ahí la misma sensación.
Sin decir palabra bajamos a la calle por las escaleras y acabamos en la playa.
Apenas recuerdo mucho más, tal era el mareo, la borrachera de sensualidad que tuvimos los dos.

No volvimos a vernos hasta que nos encontramos por casualidad en aquella cafetería.
El llevaba su camisa de cuadros, y sonrió como recordaba. El mareo acechaba.
No teníamos tiempo ninguno de los dos, así que quedamos en quedar.
Esa misma tarde me propuso ir con él al día siguiente a Pamplona. Tenía un par de exámenes para ver las notas y otro por hacer, luego volveríamos juntos.
Fuimos en autobús, una expedición. Desde que arrancó hasta que llegamos no me soltó la mano o el hombro. Contacto perpetuo.

Cuando estuve sola escuché la cinta. Me gustó muchísimo, me sigue gustando.
Estuve paseando, me compré un par de libros y me fui al campus a leer.
Hacía algo de frío, así que acabé en la cafetería.
Cuando volvió casi no recordaba su cara, pero daba lo mismo, en cuanto me tocó volví a perder el equilibrio.
Volvimos en otro bus, bajé al garaje de mi casa a por mi coche y nos fuimos a la de sus padres.
Su madre le había dejado comida, bebida, y una lista de instrucciones tan larga como la del pedido que colgaba de un calendario de la Caja Laboral.
No dejamos casi nada. Y Paul Simon no dejó de sonar.

Hoy he escuchado esta canción y me he acordado de J.
He vuelto a sentir un mareo y algo de flojera, pero creo que es que me han pegado la gripe.