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06 octubre 2007

Fusi


En el paquete gatuno incrustado, hay tres machos y una hembra.

Hace años tuve una gata que se llamaba Fusi, era amarilla y enorme, como una especie de pistolero vaquero avanzaba por el pasillo y todos se apartaban con respeto al poderío.

La hembra del nuevo grupo es amarilla también, preciosa, dulce y tiernuca como sólo un cachorro de gato sabe ser. La he llamado Fusible, Fusi de nuevo.

Ayer estuvo todo el día durmiendo debajo de la mesita con plantas del pasillo y a eso de las dos de la mañana apareció por la cocina. Estaba enferma, claramente debilitada y enflaquecida, sólo por un día sin comer.
La metí en una cesta y nada más posarla dejó caer la cabeza. Estaba cuesta abajo, con una fiebre terrible muriéndose.
Fregué la cena y la llevé a Bilbao a la Clínica.
No le encontraban la venas, así que no se pudo analizar que infección podría tener, en las placas no aparecía nada y tenía cuarenta y tantos de fiebre. Pintaba muy mal la cosa.
Le pusieron un antipirético, un antibiótico y volvimos a casa.

Al recuperarse apareció lo que es probable que sea el origen de todo, una tos profunda, como de bronquitis de minero.
Aún anda por casa como pisando huevos, pero salta y se tira de las alturas, come, bebe, descome...tiene toda la pinta de que la veré crecer. La quiero. Quiero ese pellejo huesudo, ese bicho dolorido. En la foto se ve su cuello afeitado para buscarle la carótida. Carnina.

No he dormido nada, los de Eroski han traído el pedido y se han olvidado las lejías, he tenido que llamarles y acaban de volver con ellas.

Me voy a la cama.


Tras un buen rato en un tiesto ahora está tomando el sol en la puerta del balcón.
Todo gira en la dirección correcta. Casi ni me importa el jaquecón que tengo de haber dormido doce horas a deshora. Mi Fusina guapa ya ni tose.

22 mayo 2007

Tiempo


Hay fechas que se ponen, se marcan en el calendario, planes, citas, ensayos, que parecen imposibles. Se cuenta con ellas, hasta se recuerdan cuando se las ve ahí con su círculo rojo o sus notas junto al número de día. Pero la sensación es eterna, como de infinito, una especie de longitud de tiempo que no va a suceder nunca.
Y llegan, inexorablemente pasan los días y comparece aquel marcado, llega el momento de la cita, del ensayo, o del viaje.
El otro día, mientras despegaba el avión, justo por encima del hotel de perros donde estaban los míos, pensaba en ello. En tantas otras veces en las que he mirado el calendario porque había olvidado el momento, la hora, de lo inevitable.
Y pasa todo.
Aferrada a esa idea he podido soportar la especie de resquemor que me ha acompañado todo el tiempo, pensando en los dos bichucos, ladrando, con terrores de abandono.



Efectivamente, estan afónicos, pero todo pasa y ya corre de nuevo el calendario a por otra fecha esta vez con rotulador verde. Qué poco me gusta el verde para casi nada...
Esta sensación de lo inevitable, no me inquieta ya demasiado. Saberlo y asumirlo ha hecho que lo que antes era ansiedad ahora sea equilibrio y hasta sueño. Es preferible a veces estar dormida mientras todo comparece.

En otro orden de cosas, y gracias al tiempo transcurrido desde la última ingesta, he descubierto que soy adicta a la cafeína. He estado prácticamente grogui una semana, de un lado a otro, de avión en avión tragando Metamizol, Ibuprofeno, etc... con una jaqueca instalada que he conseguido quitar con una taza de café cargado hoy a las siete de la mañana.
Notar cómo iba desapareciendo el dolor, la tensión, segundo a segundo ha sido una experiencia de un placer que no puedo describir. Supongo que será como el que siente el drogadicto apagando el "mono".
Asumo mi absoluta adicción a la cafeína con cierto regocijo.
Lo que supone un anexo a la lista de imprescindibles para el viaje: Café (del mío) por si las moscas, y la almohada sideral.
Una reciente adquisición que me parece que voy a llevar puesta como la manta de Linus.

. Los que vivan en zonas donde no llueva demasiado no deben perderse la conjunción de Venus y Saturno que se producirá hoy. Brilla menos que Venus (el otro día 19, sobre el Mediterraneo, era de temblar de belleza) pero es espectacular. Para ver otra conjunción con Venus brillando desaforadamente habrá que esperar al día 18 de junio.

15 abril 2007

Pipis


He separado este canario para dárselo a A., la vecina.
Una cosa es la vida de estos pipis en el volador, y otra es el hacerse a una vida en una jaula independiente para convivir con humanos.
Su relación con esos bultos enormes que les ponen comida y agua y les cambian de sitio, pasa del terror a la curiosidad con la misma rapidez con que son capaces de morir de un infarto, de miedo, si no se les sopla para que se repongan.

Siempre he tenido pájaros y bichos, pero saber de ellos, criarlos, no aprendía hasta los veinte años más o menos.

Cuando cumplí doce años mi tío me regaló una escopeta de perdigones.
Tiraba desde hacía tiempo, sacaba cosas en las ferias y siempre que podía disparaba con la escopeta del Sr. José, el que llevaba la huerta. Pero una cosa es disparar y muy otra tener una escopeta.
Era preciosa, brillaba el cañón con ese brillo mate que tienen algunos metales y brillaba la culata inglesa con ese brillo de la madera pulida que además de brillar tiene un tacto especial, hace que no la aferres, que la acaricies.
Estuve disparando a la palmera, al cinamomo, al pino de navidad que habíamos plantado cuando tuve seis años (una eternidad de la que mantenía recuerdos) a la veleta y cosas así, hasta que harta de todo le pedí a mi tío que me hiciera una diana.
Empezó a venir Mon por las tardes a competir. Tenía una escopeta mucho más pesada y grande, y el punto de mira tenía regulador.
Daba lo mismo, yo le ganaba, sólo me faltaba disparar de espaldas y sin mirar, era una especie de don, miraba y sin pensar, según bajaba el cañón (apuntaba siempre de arriba a abajo) disparaba y zas, diana.

Una tarde estábamos en el aburrido duelo, cuando mientras Mon apuntaba se posó una paloma en un manzano. Había muchas palomas, estaban de paso. Yo escuchaba el sonido de los cartuchos de los que se apostaban en las lomas cercanas de madrugada y por la tarde, así que supuse que sería una de ellas, rezagada, porque en el pueblo no había palomas de esas que ahora habitan en las ciudades.
Sin pensarlo dos veces la pegué un tiro.
Luego lo recuerdo todo como mezclado, Mon tirando la escopeta, corriendo con la paloma en las manos.
Yo detrás de él, asustada...
Le seguí hasta su casa, allí le sacó el perdigón del ala, la desinfectó y la vendó.
Hecho esto sacó una caja de vino, puso unos papeles de periódico y metiendo la paloma medio atontada dentro me dijo que la cuidara hasta que se curase, que si no no me hablaba más.
Naturalmente la cuidé, la mimé y en su momento salió volando de casa y se quedó bastante tiempo cerca viviendo, comiendo la sopa boba.

Fue una lección magnífica. Supe muchas cosas a la vez. Cómo curar un pipi, cómo cuidarlo, cómo relacionarme con los seres vivos (armas de fuego por medio) y cómo era un hombre bueno de pequeño.


Estando en el Corro de Comillas tomando unas rabas donde Manolo, apareció él.
Hacía mucho que no le veía tras haber roto la relación.
Yo no le había olvidado, no podría hacerlo, y cada vez que pisaba aquellas calles tenía la misma sensación de mareo que sentía cuando me abrazaba.
Nos vio y vino a saludarnos, hablamos de lugares comunes hasta llegar al meollo que quería llegar. Se casaba esa misma tarde y quería que lo supiéramos, me miró como esperando una frase imponente, un cabo ardiendo, y yo sólo supe decir que le deseaba lo mejor...
Vi locura, locura ciega en aquellos bellísimos ojos negros, la misma locura ciega que me atraía y me espantaba, luego apareció aquella otra mirada de furia, la que yo asociaba al loco enamorado y después dijo muy tranquilo, despacio, como midiendo las palabras: "espera un poco, ahora bajo, he estado criando canarios y tengo un timbrado que quiero darte".

Tuve ese macho muchos años, generaciones de pipis cantores nacieron de sus andanzas con distintas canarias a cual más ponedoras. Aún tengo un tataranieto.

Alguno de mis mis mejores amigos son criadores, o tienen un canario.
Hay algo dulce, tierno en el ritual que sigue un hombre, un bicho grande, cuando limpia, cuida y alimenta, a un pajarin. Me gusta verlo y me gusta como les silban, les hablan para tranquilizarlos, les miman, los observan.

Voy a subir el pipi a la vecina...