04 mayo 2008

Imposibles

Imposible / Ángel Mateo Charris

Todo iba más o menos como siempre. A alguna cita sorpresa se presentaba con aquel coche enorme dispuesto a su último Easy rider, cartas interminables con minúscula letra, cenas agradables con platos exóticos y vinos viejos, cremosos, masticables...
Hasta que subiendo tras él unas escaleras apareció por debajo de su pantalón aquel calzonzillo largo.

Me solía llamar para contar espantos, dramas reales o inventados, sufrimientos agotadores, necesidades de orgasmos siempre insatisfechas. Una vez, sólo una, a modo de ejemplo intenté contarle un caso similar a modo de consuelo, ni siquiera propio. A la segunda frase sus ojos estaban perdidos en alguna parte infinita del horizonte más lejano.

Compraba con asiduidad allí los mejores productos. Pagaba sin chistar los precios inflados para dar prestigio y dejar clara la veda al que mirara el euro. Tras media hora de espera, en el último momento, cuando ya me tocaba entró como una avalancha aquella mujer olorosa y cardada.
Preguntó quien iba y me adelanté para pedir, cuando la olorosa dijo que le tocaba a ella, que había estado allí hacía un rato. Me fui deprisa, llegaba tarde al trabajo.

A veces quedábamos para comer, hablar del trabajo, revisar partituras.
Un día, mientras yo estaba masticando un trozo de berenjena rebozada, carraspeó y estuvo un rato moviendo algo en su boca.

Compraba allí cartones de tabaco porque era el estanco más cercano. Cuando le pedía algún mechero de propaganda, a regañadientes me daba uno generalmente usado.
Con cuatro cartones en su bolsa de plástico, dispuesta a pagar pedí que me regalara algún mechero. Me contestó que no tenía ninguno de propaganda (detrás de su cabeza había una caja con varios de Malboro) y que de los otros no me podía dar porque los vendía y no le quedaba nada de margen. Allí quedaron los cuatro cartones.

Pedí cita en el ambulatorio para que me firmaran un certificado médico para trabajar. Tenía que presentarlo al día siguiente de la cita acordada. A gritos, en el pasillo, alegó no tener tiempo para consultar mi historial, que volviera la semana siguiente. La encargada de información no me preguntó nada al solicitar el cambio de médico.

Por fin quedamos en casa de un amigo suyo. Tras no muchos preámbulos y acabada la faena se puso a cantar Celeste Aida.

Cuadradas las fechas con bastante dificultad, encontramos un hueco para ir por primera vez de viaje juntos.
Me monté en el coche y cerró mi puerta con un portazo que me removió todos los huesecillos del oído. Conducía pegado al culo del coche delantero, se cruzaba delante del adelantado, gruñía e insultaba al mundo.
A la vuelta me bajé del coche, cogí mi bolsa y cerré suavemente la puerta.


4 comentarios:

g. dijo...

..., podría ser, desde el inicio al final, una narración de Carver o de Cheever.

(Merci por lo que ya sabes. Exageras.)

Helter dijo...

Es curioso como a veces el detalle más tonto puede cambiar del blanco al negro la opinión que tienes de un alguien. Da miedo y todo.

malandrino dijo...

¡jajajajja!:Fatuo, llorica, egoísta y además con calzoncillos taloneros...
una joya cantante, vamos que el sueño de la compañía a veces produce monstruos.
Divertido en la medida que se leyó.
JC

Miranda dijo...

G. Es un batiburrillo inconexo, escribo tan desastrosamente que Malandrino no me entiende :o(

Helter, me ha pasado cantidad de veces. Una cosina y zas, ya nunca más.

Malandrino, todos son detallucos de gentes distintas, los casos masculinos son distintos mozos, y el caso lloroide es una moza.

Estaba ayer dando clase (sí, ayer domingo) y me acordé de cómo debería haber hecho caso a todas esas pequeñas cosas. Sobre todo cuando no lo hice...
En fin. Todos tenemos un detector que ignoramos tontamente.
En los casos de la médico loca que tenía, la soporté hasta lo del certificado. Odiosa majara. Cuando me cambié y vi que no me preguntaban las causas fui yo la que preguntó y la señorita de información me informó que todos se acababan cambiando.

A ver si otro día estoy menos espesa. Debe ser lo de la charleta que me tiene inquieta...hoy cuando la de se me pasará, creo, la neura.

Beso.
M.