Gala
Cuando era una niña me llevaba mi madre a los conciertos y al teatro.
Era como un ritual, vestirse, prepararse, hablar un rato de la obra que íbamos a ver, cosas así.
Había una ley que dejaba a los niños entrar en sitios para mayores bajo responsabilidad de sus progenitores, no sé si seguirá vigente.
El caso es que gracias a esa voluntad férrea que hacía de mi madre una especie de panzer, pude ir a conciertos, el teatro, e incluso a ver películas de James Bond.
Los conciertos me gustaban, me interesaba sobre todo ver cómo se sentaban y escuchar el protocolo de afinar. Luego dependía del autor que me aburriera o no.
En cualquier caso nadie se daba cuenta. Era una nena muy bien educada y ni un sólo gesto hacía notar mi desinterés.
El teatro me gustaba mucho, más que nada porque salían actores que también veía en la tele y eso les daba un plus de atención en mi mentalidad pedestre. Muchas veces no entendía nada, pero sí lo suficiente como para cogerle un odio visceral a tal o cual personaje y luego no poder soportar al actor de por vida.
Entonces los estrenos de las obras se hacían en San Sebastián, así que toda la cartelera madrileña pasaba por el Victoria Eugenia y por mis asombrados ojos.
Era el final del verano.
Previamente era el Festival de Santander el que iniciaba el periplo.
Allí, lo digo con toda propiedad, aprendí a odiar el ballet y el flamenco con todas las fuerzas de mi incipiente gusto infantil.
Vi obras monumentales, bailarines imponentes, coreografías que han pasado a la historia, y como resumen de todo sólo me queda una especie de desprecio visceral (inexplicable) hacia todo lo relacionado con esa gimnasia torturante hecha mariconada que es el ballet, hacia ese esfuerzo sobrehumano de los bailarines para parecer alados, flotantes, livianos...en contra de toda lógica habida cuenta del peso testicular que todos deben de tener de nacimiento (a no ser que se metan rollos El Elefante, como Elvis) y repugnancia hacia esas figuras asexuadas, sin formas, con osamentas repulsivas, de cuellos vertebrados y gestos rígidos al borde de la histeria. Sólo puedo comparar la repugnancia que me producen con otra similar (aquí tengo más tendencia a la risa que al asco) que tengo cuando veo las caras expresivas de ansiedad y neurastenia que ponen los miembros de los coros de ópera.
También aprendí a odiar tiernamente el flamenco. Empezó la cosa gracias a Antonio, el bailarín, que a pesar de que hacía unas coreografías divertidísimas y sacaba un vestuario triscante no paraba de bailar siempre lo mismo, acabando con unos zapateados que literalmente me destrozaban los nervios. Tal era el mimetismo con la cosa que se me iban hinchando los pies y me dolían las plantas como si hubiera estado yo de pataleta.
Una vez incluso me descalcé unas sandalias plateadas monísimas, y fui andando hasta el coche de mi tío por una acera asombrosamente limpia tras una lluvia veraniega típica.
Qué fresquito, qué paz...
Pero lo peor de todo no era Antonio o la pelma insufrible de Lucero Tena con sus castañuelas y meneos por el borde del escenario. Lo peor era cuando les daba por el cante jondo con orquesta. Y lo más peor cuando además el cantaor, como en algunos casos pasaba, venía a la casa de mi familia a vivir...y ensayar.
Mi madre, que además de panzer era muy tolerante, asistía encantada a todo aquello que ella misma había provocado. Reconozco que a veces la cosa no estaba mal, sobre todo si pillaban un buen pedalier y contaban anécdotas desternillantes, pero cuando lo que se escuchaba desde arriba era aquel ensayo una y otra vez (con piano) de las canciones de Falla, del Amor Brujo y cosas así, venga candela, y otra y otra y otra, el odio ya no necesita justificación.
No hay nada comparable, ni la más demente de las alumnas soprano que se pueda tener lo iguala. Que ya es decir.
Luego el tiempo ha hecho un puré con todo ello y ahora es el día en que reacciono como un resorte ante cosas asociadas y casi no tengo que pararme a pensar la razón de la urticaria.
Exhibicionismo, chulería rumbera, ruido, gritos, gestos exagerados, volumen hasta la distorsión, actitudes prepotentes en el escenario, mariconerías artísticas, fingimientos (de sufrires, de congojas), todas estas cosas me dan el mismo asco, igualico que si escucho a alguien potando en un avión o tras una puerta.
Mi reacción, automática, es intentar buscar un frasco de colonia que suelo llevar en el bolso (para olerlo yo, naturalmente) y salir corriendo.
La cosa agresiva ya me sale cuando me lo quieren argumentar.
Mejor no intentarlo, aconsejo.
Era como un ritual, vestirse, prepararse, hablar un rato de la obra que íbamos a ver, cosas así.
Había una ley que dejaba a los niños entrar en sitios para mayores bajo responsabilidad de sus progenitores, no sé si seguirá vigente.
El caso es que gracias a esa voluntad férrea que hacía de mi madre una especie de panzer, pude ir a conciertos, el teatro, e incluso a ver películas de James Bond.
Los conciertos me gustaban, me interesaba sobre todo ver cómo se sentaban y escuchar el protocolo de afinar. Luego dependía del autor que me aburriera o no.
En cualquier caso nadie se daba cuenta. Era una nena muy bien educada y ni un sólo gesto hacía notar mi desinterés.
El teatro me gustaba mucho, más que nada porque salían actores que también veía en la tele y eso les daba un plus de atención en mi mentalidad pedestre. Muchas veces no entendía nada, pero sí lo suficiente como para cogerle un odio visceral a tal o cual personaje y luego no poder soportar al actor de por vida.
Entonces los estrenos de las obras se hacían en San Sebastián, así que toda la cartelera madrileña pasaba por el Victoria Eugenia y por mis asombrados ojos.
Era el final del verano.
Previamente era el Festival de Santander el que iniciaba el periplo.
Allí, lo digo con toda propiedad, aprendí a odiar el ballet y el flamenco con todas las fuerzas de mi incipiente gusto infantil.
Vi obras monumentales, bailarines imponentes, coreografías que han pasado a la historia, y como resumen de todo sólo me queda una especie de desprecio visceral (inexplicable) hacia todo lo relacionado con esa gimnasia torturante hecha mariconada que es el ballet, hacia ese esfuerzo sobrehumano de los bailarines para parecer alados, flotantes, livianos...en contra de toda lógica habida cuenta del peso testicular que todos deben de tener de nacimiento (a no ser que se metan rollos El Elefante, como Elvis) y repugnancia hacia esas figuras asexuadas, sin formas, con osamentas repulsivas, de cuellos vertebrados y gestos rígidos al borde de la histeria. Sólo puedo comparar la repugnancia que me producen con otra similar (aquí tengo más tendencia a la risa que al asco) que tengo cuando veo las caras expresivas de ansiedad y neurastenia que ponen los miembros de los coros de ópera.
También aprendí a odiar tiernamente el flamenco. Empezó la cosa gracias a Antonio, el bailarín, que a pesar de que hacía unas coreografías divertidísimas y sacaba un vestuario triscante no paraba de bailar siempre lo mismo, acabando con unos zapateados que literalmente me destrozaban los nervios. Tal era el mimetismo con la cosa que se me iban hinchando los pies y me dolían las plantas como si hubiera estado yo de pataleta.
Una vez incluso me descalcé unas sandalias plateadas monísimas, y fui andando hasta el coche de mi tío por una acera asombrosamente limpia tras una lluvia veraniega típica.
Qué fresquito, qué paz...
Pero lo peor de todo no era Antonio o la pelma insufrible de Lucero Tena con sus castañuelas y meneos por el borde del escenario. Lo peor era cuando les daba por el cante jondo con orquesta. Y lo más peor cuando además el cantaor, como en algunos casos pasaba, venía a la casa de mi familia a vivir...y ensayar.
Mi madre, que además de panzer era muy tolerante, asistía encantada a todo aquello que ella misma había provocado. Reconozco que a veces la cosa no estaba mal, sobre todo si pillaban un buen pedalier y contaban anécdotas desternillantes, pero cuando lo que se escuchaba desde arriba era aquel ensayo una y otra vez (con piano) de las canciones de Falla, del Amor Brujo y cosas así, venga candela, y otra y otra y otra, el odio ya no necesita justificación.
No hay nada comparable, ni la más demente de las alumnas soprano que se pueda tener lo iguala. Que ya es decir.
Luego el tiempo ha hecho un puré con todo ello y ahora es el día en que reacciono como un resorte ante cosas asociadas y casi no tengo que pararme a pensar la razón de la urticaria.
Exhibicionismo, chulería rumbera, ruido, gritos, gestos exagerados, volumen hasta la distorsión, actitudes prepotentes en el escenario, mariconerías artísticas, fingimientos (de sufrires, de congojas), todas estas cosas me dan el mismo asco, igualico que si escucho a alguien potando en un avión o tras una puerta.
Mi reacción, automática, es intentar buscar un frasco de colonia que suelo llevar en el bolso (para olerlo yo, naturalmente) y salir corriendo.
La cosa agresiva ya me sale cuando me lo quieren argumentar.
Mejor no intentarlo, aconsejo.






10 comentarios:
¡jajajajaja! (Me estoy todavía mondando con tu post).
La descripción que haces de esa infancia en contacto con determinados espectáculos me ha llevado a mi adolescencia como figurante de los llamados "Festivales de España" en Sevilla.
Lo del flamenco tuyo no es antipátia, sino más bien exceso de empatía, de meterte tanto en los personajes que llegas a calzar sus mismos zapatos.
¡Jajajaja!.
Y me parece verdad lo que se desprende: sin sujeto no hay arte.
Otra cosa es que la suerte esté definitivamente echada y es por esto, por lo que puedo albergar la esperanza de que un buen día disfrutes con un buen cante. (Flamenco).
Besos.
JC
Pues te voy a confesar una cosa.
Una vez pasé una nochebuena sola en Sevilla. Una cosa de líos de aviones.
Acabé en un tugurio comiendo una tortilla vieja (estaba todo cerrado) y le debí de dar como pena a los dueños del bareto, así que me metieron a la trastienda a compartir langostinos y un pote con algo que aún no he descubierto que tenía.
Tras la cena se pusieron a cantar villancicos, y yo claro también, me los sabía todos, eran de esos de atizarle a viejas en la cabeza y tal.
Y en estas vino un viejorro viejorro y se sentó con una botella de manzanilla.
Al cabo de un rato (suficiente ingesta) se arranco a cantar. Por lo bajinis, nada de ruidos.
Unas letras...una cosa...
Total que no sé cómo acabé llorando unos lagrimones como cazos, y con una cosa dentro de las de asustar.
Luego cambió de "palo" y la cosa fue más llevadera, pero igual de imponente.
Eso sí. No me ha vuelto a pasar.
Salen en la tele esas tiorras, o los cantaores y tienen todos tal pinta de falsos, de hipócritas totales que me entra el yuyu y rebufo.
En cambio el otro día salió un documental cantando el Meneses (que era el que venía a casa) y casi me gusta y todo, oyes...
Qué vueltas da la vida...
Beso enorme.
Qué vidas más interesantes tenéis, caramba.
se hace lo que se puede,g.Ya ves que es como casi todo el mundo o como casi nadie.
Saludos.
Es según cómo lo mires.
En los tiempos en que yo era hija conocí hijos de otros con vidas semovientes.
La mayoría con un perpetuo gesto de asco en la cara, niños insufribles de mal carácter, como la hija de la Piquer, no cabe mejor ejemplo.
Cualquier vida puede ser vidorra y apasionante (con unos mínimos) si se tiene conformar.
Beso.
Sabía yo que en cuestión de flamenquerías, dramatismos sobreactuados y los trémolos gimoteantes encontraría mi alma gemela algún día.
A sus pies
Con todo, precioso el cuadro -parece un pastel, ¿no?- de Sargent
Puedo romper una lanza en favor del pellizco sólo cuando lo hay que no es siempre?. Cuando llegué a Sevilla conmigo venian algunos prejuicios matritenses que con los años como muda de reptil he ido dejando por el camino. Hoy aunque lejos de lo populachero, paladeo alguna cosita de vez en cuando sin rubor.
Saludos a todos.
U Crasticeddru...Menos mal...podríamos hacer una asociación de afectados por los afectados...jojojo.
G. Es cierto, es un pastel (882. Charcoal and pastel on brown paper. Fogg Art Museum. Harvard University. Cambridge. Massachusetts. USA.)tiene otro que se llama igual (y un par de borradores) en oleo.
Victor, espero que me pase los mismo, pero la verdad es que ha pasado mucho tiempo y tengo aún muchos prejuicios. Igual es cosa de irse a vivir a Sevilla...:oD
Beso.
Pues eso, es muy bonito.
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